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Antonio Muñoz Molina: Todo lo que era sólido
Barcelona: Seix Barral, 2013. 253 páginas.


Análisis lúcido de la realidad española y apelación a la responsabilidad personal

El novelista y académico de la lengua Antonio Muñoz Molina ha residido en los últimos años en Nueva York como director del Instituto Cervantes de esa ciudad. Desde la distancia, y también en el terreno gracias a sus viajes a España, ha ido observando la degradación económica y social en que se encuentra sumido nuestro país en los últimos años, y se ha preguntado: ¿Cómo ha llegado España a la esta lamentable situación?

Para responder a esta cuestión, Muñoz Molina indaga en la prensa de los años en que se infló la burbuja inmobiliaria, donde encuentra muchas claves de cómo se vivieron aquellos tiempos de irresponsabilidad económica, política, social. Pero su enfoque no es economicista, sino que buceando en su propia memoria vital y en las raíces más profundas de la idiosincrasia española, ofrece, a partir de observaciones y retazos autobiográficos, un análisis lúcido en el que todo se muestra desolador.

Según el autor, no sólo el crecimiento económico era ilusorio; también lo era la sensación de progreso general, pues realmente el país no había avanzado en aspectos sociopolíticos básicos, debido en gran medida al modo en que produjo la transición del franquismo al sistema actual (no todo era tan sólido…). Por ejemplo, no se llevó a cabo una democratización de la administración (local, regional, nacional), ni se instaló un sistema meritocrático que premiara la excelencia entre los dirigentes y los funcionarios, y que estableciera controles en la gestión y el gasto, sino que los nuevos (algunos de ellos viejos) políticos se dedicaron a eliminar las trabas legales al gasto y la gestión arbitrarios. Los caprichos prepotentes de la casta franquista dieron paso a los caprichos desenfadados de la nueva élite política.

Para Muñoz Molina, pocas cosas explican mejor la idiosincrasia española que la pasión por la fiesta. Las páginas dedicadas a este punto son memorables. Lamenta la suciedad, la brutalidad con los animales y entre personas, la grosería y la zafiedad que las fiestas y celebraciones desatan en España, y señala cómo todo esto, en lugar de ir menguando desde la muerte del dictador, ha crecido exponencialmente al amparo de las autoridades y de los pródigos presupuestos municipales. No me resisto a reproducir un párrafo que sintetiza su aguda visión del problema, muestra a la vez del estilo ágil y preciso de este gran escritor: «La conmemoración y no el presente; el simulacro y no la realidad; la apariencia y no la sustancia; el acontecimiento espectacular de unos días y no el empeño duradero en mejorar lo cotidiano; la fiesta como identidad y casi como forma de vida y no la secuencia de los días laborales, del tiempo en el que el trabajo se compensa con el ocio privado; la fiesta como obligación unánime, como prolongada interrupción de la normalidad, como expresión de lo verdadero y lo irrenunciable, lo masivamente compartido; la fiesta como culminación del año y como gasto prioritario del presupuesto público; la fiesta legitimada por los siglos o envejecida a los pocos años de su invención; la fiesta como cultura recuperada, salvada después de una supuesta persecución que añade la categoría de víctimas heroicas a los que la celebran; la fiesta con pregones altisonantes en los que alguien cobra un dineral por celebrar con prosa de fritanga las glorias locales, la fiesta con procesiones solemnes, con galas litúrgicas, con complicaciones protocolarias, con trajes regionales, con corridas de toros, con carreras de mozos beodos delante de becerros despavoridos, con batallas colectivas en las que se arrojan y se pisotean toneladas de tomates, con aterradores escándalos de petardos por culpa de los cuales de vez en cuando muere alguien o hay un incendio; la fiesta en la que hacen reportajes equipos de televisión extranjera, confirmando lo brutos y primitivos y lo exóticos y coloristas que son los españoles, incluso aquellos que celebran la fiesta en un éxtasis de autenticidad antropológica que les confirma su obstinación de no ser españoles; la conmemoración de la conmemoración: en 1992 se  conmemoraron con una exposición universal los cinco siglos del descubrimiento de América y en 2012 se ha conmemorado el vigésimo aniversario de la exposición del 92» (p. 57). Incluso en esta terrible crisis muchos ayuntamientos no han reducido tanto las partidas de los presupuestos dedicadas a fiestas como las de otros fines más necesarios (p. 188).

Ante este panorama, uno de los pecados más grave es ser aguafiestas, porque «si hay algo en España de lo que no se puede disentir es del totalitarismo de la fiesta, en el que se confunden con entusiasmo idéntico la izquierda y la derecha» (pp. 62-63). "Aguafiestas" es la etiqueta denigrante que se ganan quienes apelan a la racionalidad, o exigen restricciones en los horarios de los bares, o simplemente el derecho a no sentir entusiasmo por la celebración.

Con similar tristeza y sorpresa constata el autor el modo en que el cambio de régimen no sólo no ha limitado la presencia de rituales católicos en los actos públicos, sino que estos han aumentado, con la connivencia de gobiernos y ayuntamientos autodenominados "de izquierdas": «Ahí siguen, al cabo de los años, los representantes de la soberanía popular marchando con paso solemne delante de los cristos y las vírgenes, asistiendo a misas y recitando votos de fe y rogativas, solicitando en público la protección divina, como si no hubiera en España otros creyentes que los de la religión católica, como si sólo hubiera creyentes» (p. 71).

Igual desencanto le produce la acentuación de los nacionalismos identitarios: el catalán y el vasco, pero también el español, cuyos defensores repiten «como en un espejo los ademanes de intransigencia simétrica de sus adversarios» y comparten con ellos «el fetichismo del origen, la obsesión por la pureza, la creencia religiosa en un pueblo intachable y heroico que se ha mantenido idéntico a sí mismo desde la prehistoria» (p. 80). Para colmo, esa obsesión identitaria, victimista y narcisista se extiende a cada una de las nuevas comunidades autónomas, como reflejan los ridículos preámbulos de los estatutos de autonomía. Así, triunfa el pueblo como colectivo homogéneo frente a la comunidad política de ciudadanos con intereses diversos; y «en el territorio sagrado los líderes políticos son encarnaciones de la esencia del pueblo: cualquier crítica o acusación contra ellos es una injuria a la comunidad entera» (p. 96).

Ese sentido corportativo se extiende a los partidos políticos, que son bandos de adhesiones inquebrantables en los que medran no los más capaces, sino los más fieles. «Cuentan a su favor con la falta de hábitos de deliberación democrática en la ciudadanía, y con la tradición de intransigencia de un país sometido durante siglos a la brutalidad política y al oscurantismo religioso» (pp. 101-102). En nuestro país no se ha aprendido la democracia, pues «la democracia tiene que ser enseñada, porque no es natural» (p. 102). Están muy extendidas las formas zafias y hasta brutales, el ¡Dales caña!, frente al debate reflexivo, la tribu frente a la independencia de criterio. Por eso «en España quedarse o sentirse solo puede ser terrorífico» (p. 132); rápidamente serás tachado de traidor.

En la hemeroteca de El País de 2007 Muñoz Molina encuentra las noticias, las portadas, los anuncios por palabras, las ofertas inmobiliarias, que exhibían, sin que casi nadie lo advirtiera, una prosperidad artificial; y reproduce una amplia selección de titulares (pueden encontrarse algunos en esta reseña) que leídos hoy evidencian la ceguera que obnubiló a todo un país. Ante semejante vorágine constructiva y especulativa el autor se pregunta cómo es que no vimos, cómo es que él mismo no pudo advertir, lo que se avecinaba. Lo cierto es que leyendo solo la prensa del Sistema era difícil percibir las señales de podredumbre generalizada, pues esos mismos medios están enfangados en el amasijo del poder. Es significativo que, como aprecia Muñoz Molina, solo en sus viñetas El Roto (un verso suelto antisistema en el periódico sistémico por excelencia) predijera la catástrofe en algunas de sus viñetas diarias (ver una selección de aquellos años).

Y no aprendemos: algunos de los proyectos para sacar a ciertas regiones de la crisis son la (en principio frustrada) megalópolis de casinos en los Monegros aragoneses, y el complejo de casinos y prostíbulos de Eurovegas (p. 162).

Para Muñoz Molina, viajar y residir en lugares diferentes al natal es una escuela de aprendizaje; le permite a uno distanciarse de lo que ha vivido desde la infancia como inevitable y sagrado y asimilar aspectos de otras formas de vida y mentalidades. Pero, evitando cualquier maniqueísmo, considera que no por ello debemos incurrir en el desprecio a todo lo propio, sino que viajando también aprenderemos a valorar mejor los aspectos positivos de nuestra tierra, al comprobar que en otros lugares no existen. Según este planteamiento, el autor elogia los aspectos positivos de la cultura estadounidense, que él aprendió trabajando allí: el «sentido protestante de la responsabilidad personal» reflejado, por ejemplo, en el compromiso de los alumnos a no hacer trampa en los exámenes y trabajos; «no había, pues vigilancia, pero quien rompiera ese pacto de confianza sería expulsado. […] Claro que habría quien hiciera trampa y se felicitara en privado si se salía con la suya; pero me pareció que el cinismo no tenía prestigio» (p. 176). Admira el idealismo práctico, la extensión tan naturalmente asumida del voluntariado, «la falta de recelo ante el entusiasmo y la capacidad de confiar» (p. 185), la amabilidad con el desconocido, la diversidad étnica…

Pero a la vez deplora la falta de transporte público, la obsesión hasta codiciosa por el dinero en un sistema ultracompetitivo en el que es difícil para las clases populares alcanzar un nivel de vida digno, la incertidumbre y el temor generados por la ausencia de un sistema de seguridad social, la crueldad punitiva del sistema penal (pena de muerte –incluso contra deficientes–, discriminación racial…), la brutalidad policial con simples sospechosos… Resulta inexcusable que no haga referencia alguna al imperialismo, dimensión ineludible al encontrarse íntimamente entrelazada con los vicios señalados. Vicios que le inclinan a valorar positivamente algunos aspectos de la sociedad española ausentes en el país americano.

Ese mismo balance crítico hay que hacerlo con uno mismo, analizando la propia evolución ideológica, expresando el deseo de mejorar en aquello en que sea posible. Es más fácil destruir que construir, y cada cual debe asumir la responsabilidad propia en el empeño por no perder lo valioso que todavía nos queda, desde los detalles de nuestro entorno personal hasta lo que se ha construido colectivamente. Como una de las vías de salida a la crisis integral del país, Muñoz Molina propone «una rebaja general y limitada de nuestras identidades» (p. 226), a fin de alcanzar cierto grado de consenso que nos permita avanzar; que cada cual pueda ceder algo de sus objetivos máximos, sin renunciar a lo que uno es; que podamos asumir que «se puede ser dos cosas al mismo tiempo, en diversos grados, en proporciones desiguales y cambiantes, con articulaciones flexibles» (p. 229); que cada ciudadano se comprometa a cumplir con rigor y excelencia la pequeña parcela del país y de la sociedad que le corresponde administrar. «No hay trabajo real que visto de cerca no sea admirable. Y cuanto mejor hecho está menos necesidad tendrá su autor de actuar como protagonista de sí mismo: es el trabajo el que se muestra en su justa medida, sin necesidad de relumbrón ni de acrobacias publicitarias; es la obra la que se explica a sí misma» (p. 232).

Y, por supuesto, «hace falta una serena rebelión cívica» que exija las reformas urgentes: limitación de mandatos, listas electorales abiertas, profesionalidad e independencia de la administración, implantación de un sistema de controles democráticos…

Por desgracia, Muñoz Molina es quizá más conocido que influyente. Él mismo es consciente de ser una rara avis nacional, alguien que necesitó salir de su Úbeda natal para respirar aire fresco, y luego agradeció vivir en otros países para crecer. Un intelectual progresista, pero que no se ha sentido cómodo con la pose de los progres (claro que tampoco parece capaz de vislumbrar el profundo calado de la pujante corriente antiprogre). Es encomiable que haya aparcado durante un tiempo su actividad novelística para ofrecer su aportación. Pero uno se pregunta cuántas mentes tomarán en cuenta el llamamiento constructivo de este magnífico ensayo, cuyas propuestas, en la mejor línea del regeneracionismo español, resultan demasiado idealistas (y tardías…) en un país como el que disecciona en esta misma obra, con un ethos marcado por la historia y del que quizá la mayoría de los españoles se siguen sintiendo orgullosos, aunque ya no puedan decir "Como aquí no se vive en ningún sitio, macho".

Además, el autor no tiene en cuenta los factores exógenos y planificados que provocan a la degradación de España, que son los mismos que están conduciendo a la ruina global (ver 25 puntos acerca del futuro que nos aguarda y Confabulación para la recesión). El libro termina con estas palabras: «Después de tantas alucinaciones, quizás sólo ahora hemos llegado o deberíamos haber llegado a la edad de la razón» (p. 253). Una conclusión esperanzada que suena más al voluntarismo del creyente (mal que le pese…) que conserva la fe algo patética en el progreso y en la humanidad, que al corolario deducible de la exposición previa.

A pesar de estas insuficiencias, no hay que dejar de leer este libro. Una última cita, llamando a la responsabilidad personal: «Durante demasiado tiempo, en los años del delirio, cualquier apelación a la virtud cívica o a los valores morales sonaba a antigualla reaccionaria y provocaba el escarnio. No había apelación moral que no quedara desacreditada como moralina; moral en el sentido laico, en la conciencia de que cada acto humano provoca consecuencias, desata cadenas de otros actos que pueden hacer daño o beneficiar a las personas concretas» (p. 251). Sin olvidar que toda ética necesita un fundamento.

© Guillermo Sánchez (22 de julio de 2013)
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