Ágora
Ágora, España, 2009

Director

Alejandro Amenábar

Guión

Alejandro Amenábar y Mateo Gil

Intérpretes

Rachel Weisz (Hipatia)
Max Minghella (Davo)
Oscar Isaac (Orestes)
Ashaf Barhom (Amonio)
Michael Lonsdale (Teón)
Rupert Evans (Sinesio)
Homayoun Ershadi (Aspasio)
Omar Mostafa (Isidoro)
Oshri Cohen (Medoro)
Sammy Samir (Cirilo)
Richard Durden (Olimpio)
Yousef Sweid (Pedro)

Fotografía

Xavi Giménez

Música

Dario Marianelli

Duración

126 minutos


Una película cristiana que molesta a los cristianistas

Dice Alejandro Amenábar que le sorprendió comprobar cómo al personaje de Hipatia no se le había dedicado todavía una película. Así es: resulta curioso que esta interesante figura histórica, sobre la que desde el siglo XVIII se han escrito numerosos poemas, obras de teatro y novelas, no hubiera sido reflejada en la gran pantalla. Ciertamente las fuentes no aportan mucha información sobre ella, pero sí la suficiente como para reconstruir algunas escenas fundamentales de su vida. Pero, ante todo, contamos con numerosos documentos que contribuyen a reconstruir el ambiente político y religioso de la Alejandría de los siglos IV y V (ver al respecto la completa monografía de Clelia Martínez Maza, Hipatia: La estremecedora historia de la última gran filósofa de la Antigüedad y la fascinante ciudad de Alejandría, La Esfera de los Libros, 2009).

Muchos han achacado a Amenábar falta de rigor histórico en su película, aferrándose a ciertas inexactitudes puntuales del guión. Pero es obvio que en una película histórica no todos los detalles deben ajustarse con precisión a los acontecimientos, ni de hecho suele ocurrir. Nadie criticará a Shakespeare por haberse permitido licencias literarias en su Julio César, ni a Manckiewitz, por hacer otro tanto en su fidelísima adaptación cinematográfica de este drama clásico. Cuando se trata de historias de la Antigüedad, sobre las que además disponemos de pocas fuentes, es todavía más necesario completar la trama con escenas y diálogos imaginados. Además, el lenguaje narrativo exige condensar eventos en el tiempo, simplificar algunos personajes, desarrollar otros…

En cuanto a la historicidad de la película, la pregunta decisiva es: ¿Presenta Amenábar, en su conjunto, una imagen verosímil de las luchas político-religiosas del periodo tardoimperial? Ante lo que hay que responder categóricamente que sí.

Hay licencias, por supuesto. Muchos le han recriminado que «la filósofa no murió joven como se da a entender en la producción. Es evidente que el director busca ensalzar un mito y propone una Hipatia joven para agravar las circunstancias de su muerte» (Religión en Libertad, 8.10.09). En primer lugar, sabemos que Hipatia fue asesinada en 415, pero no cuándo nació; se han propuesto varias fechas: 355, 375 y 390. La última es más que improbable (habría sido asesinada con 25 años). De aceptar la primera, habría muerto con sesenta; de aceptar la segunda, con unos cuarenta (la edad aproximada de Rachel Weisz). En segundo lugar, la crítica resulta absurda: ¿Acaso no resulta más cruel asesinar a una anciana que a una joven?

Lo que sí hay es una incongruencia interna: en la película, Hipatia presencia la destrucción del Serapeo, ocurrida en 391; su muerte tuvo lugar 24 años después. Aunque los propios personajes dicen que han pasado muchos años, su aspecto físico no muestra un lapso de tiempo tan prolongado.

El episodio en el que Hipatia muestra a Orestes un paño menstrual para disuadirlo de las pasiones de la carne está recogido en las fuentes, si bien en ellas se dice que lo mostró a “un discípulo”, que sin duda no era Orestes, pues en tal caso se habría explicitado.

Más grave resulta atribuir la destrucción de la biblioteca de Alejandría a los cristianos. Amenábar toma como base la destrucción del Serapeo en 391 (donde es probable que se hubieran archivado libros salvados de las destrucciones anteriores) para concentrar en ese suceso la devastación de la biblioteca, un proceso que no está suficientemente documentado, pero que debió de ocurrir en varias fases, desde el ataque no intencional de Julio César en 48 a.C., hasta la discutida agresión final por parte del califa Omar en el siglo VII.

Una película histórica no es un documental; no trata de desentrañar científicamente las claves históricas de un personaje, contrastando hipótesis y proponiendo interpretaciones. Una película construye personajes; tomando como base unos hechos históricos, reflexiona sobre temas que quizá trasciendan a las propias personas, pero que el autor asocia a ellas, formando así arquetipos que condensan ideas o valores. En este sentido, Ágora resulta magnífica, especialmente en el personaje principal. El perfil de la Hipatia de Amenábar, además, se ajusta al que ofrecen las fuentes cercanas a la época, tanto paganas como cristianas, según las cuales esta dama encarnaba dos de las cuatro virtudes morales aristotélicas del primer nivel, el llamado ético o práctico: la justicia (diakoisyne) y el dominio de sí misma (sophrosyne). El personaje que tan convincentemente interpreta Rachel Weisz posee en sumo grado ambas, pero a la vez las exhibe con tal naturalidad que resulta fascinante. Es una Hipatia sabia, pero exenta de la grandilocuencia postiza típica en este tipo de dramas.

En la película quizá sobran algunos toques progres, como cuando Hipatia se muestra desnuda ante los esclavos al salir del baño. Afortunadamente, Amenábar no hizo caso a Weisz, quien, empeñada en dotar a la película de una “carga erótica”, e incapaz de asumir que una mujer rodeada de tantos hombres fuera casta, pretendía introducir una escena de autoerotismo en la que Hipatia fuera “poseída” por las estrellas (El País, 4.10.09). Algunos han visto en su compasión hacia los esclavos un enfoque políticamente correcto, pero lo cierto es que el filme no oculta la asunción acrítica por parte de Hipatia de la esclavitud como institución; ella misma ejerce su autoridad como propietaria de sus esclavos. Seguramente algunos aspectos del personaje resulten anacrónicos (como su descubrimiento intuitivo del heliocentrismo); otros, de dudosa verosimilitud (como las palabras “todos somos hermanos” puestas en su boca); y otros suenen excesivamente modernos (como su cordial familiaridad con el esclavo que le ayuda en sus reflexiones astronómicas). Son licencias equivalentes a la idealización marxista de los esclavos rebeldes en Espartaco de Kubrick, donde encontramos a un esclavo poeta que conmueve los corazones de los rudos guerreros, así como discursos fraternales, premonitoriamente cristianos, en boca del protagonista (que, para escándalo de muchos en la época, moría crucificado mientras su amante lo observaba afligida).

Acaso el personaje narrativamente más cuestionable en Ágora es precisamente el único, entre los principales, que es ficticio por completo: el esclavo Davo. Su presencia es importante en el guión, por cuanto va enlazando los diferentes mundos que conviven en Alejandría: los esclavos, la elite intelectual y social, las masas cristianas… Pero su evolución psicológica resulta quizá poco convincente; tiene madera de antihéroe trágico, pero más bien resulta de lo más inmaduro. Su perfil atormentado quizá haga las delicias de los espectadores posmodernos, pero otros percibiremos que sus pulsiones violentas y la desmesura que manifiesta debido a la atracción que siente por su ama desentonan y son innecesarias.

Es significativo que muchos de los que hoy critican la reconstrucción histórica de Ágora, alabaran en su día La pasión de Cristo, un filme anticristiano que distorsiona gravemente algunos hechos fundamentales acerca de la muerte de Jesús, sobre los que tenemos relatos detallados en los evangelios (ver nuestra reseña de la película de Mel Gibson).


¿Anticristiana?

La estructura narrativa de Ágora está primorosamente trabajada. La historia arranca con imágenes del universo y se aproxima a nuestro insignificante planeta, donde una joven trata de desentrañar el orden cósmico; su final trágico se cierra cíclicamente con el movimiento inverso, de nuevo hacia las estrellas. Amenábar mide los tiempos y el ritmo, contrapesando las secuencias violentas en los exteriores con escenas de interiores en que Hipatia se dedica a la docencia y a la investigación. Son dos procesos independientes, dos mundos paralelos (el del poder por un lado, el del conocimiento por otro) que van confluyendo hasta concentrarse en la protagonista, sobre la que, a modo de chivo expiatorio, recaen todas las culpas.

Se podría pensar que Amenábar ofrece un discurso maniqueo, según el cual la cultura pagana, que representaría el progreso, sería sepultada por la dominante cultura cristiana, que representaría el oscurantismo. Pero esta interpretación es incorrecta: no se plantea la dicotomía entre paganismo y cristianismo, sino entre fanatismo y convivencia respetuosa. El espectador poco atento podría creer que los parabolanos son “los cristianos”; lejos de ello, estos monjes son sólo una facción fanatizada (caracterizada en la película, por cierto, con atributos exagerados y un tanto absurdos: visten una especie de uniforme negro, y portan en el pecho unas bandas de cuero que les asemejan a la imagen arquetípica del “terrorista islámico”). Sabemos por las fuentes que, efectivamente, se dedicaban a la filantropía, pero eran a la vez fanáticos y violentos, y que el obispo Cirilo los empleó como fuerza disponible, fiel y fácil de movilizar. Se supone que participaron en el asesinato de Hipatia, si bien no hay constancia documental de ello. Sí de su fanatismo, hasta el punto de que en 416 (un año después del asesinato de Hipatia) hubo de intervenir el emperador, quien limitó su número en Alejandría a quinientos y reguló sus actuaciones públicas.

Amenábar destaca en una entrevista cómo en la creación de la película participaron cristianos (entre ellos muchos católicos), judíos, musulmanes, agnósticos y ateos, y que la obra «cuenta un capítulo muy triste de la cristiandad, en el que un grupo concreto de fanáticos linchó a Hipatia». Ello no significa que él esté atacando a los cristianos, «y mucho menos a los cristianos de hoy en día, que no van dando palos por la calle. La película claramente lo que condena es a los fanáticos, a los que a día de hoy, y entonces, utilizaban la violencia.»

La película presenta además una imagen poco complaciente del paganismo; son precisamente los seguidores de Serapis quienes comienzan la escalada de provocaciones violentas, y pergeñan venganzas desproporcionadas; los paganos son esclavistas despiadados, como el propio Teón, padre de la protagonista. También podemos ver a filósofos paganos encastillados en la cosmología aristotélica, incapaces de concebir la genialidad de las preguntas astronómicas de Hipatia.

Lejos de ser anticristiana, Ágora es una película que reivindica valores genuinamente cristianos. De entre todos los excelentes diálogos, destacan algunos que así lo demuestran. Cuando Davo confiesa a Amonio que no puede perdonar a los judíos por los ataques que les han dirigido, el monje le contesta que no tienen por qué perdonarlos, ante lo que el esclavo responde: “Jesús los perdonó en la cruz”. Una auténtica confesión de principios cristianos, destacados favorablemente en el guión. La respuesta de Amonio, por el contrario, sintetiza la miseria moral a la que había descendido el discurso “cristiano” oficial que, aparcando los principios del evangelio, busca subterfugios para poder justificar la violencia; acusándolo de blasfemo, el monje le reprocha a Davo: “Él era el Señor. ¿Pretendes compararte con Dios?”.

Amenábar, en la web promocional de la película, dice que «Amonio representa lo mejor y lo peor del cristianismo»; lo mejor es que es alguien «capaz de hacer ver a Davo que el cristianismo se basa en la compasión y la caridad». Lo peor que «se deja llevar por unas ideas que le conducen a la violencia.»

Cuando Sinesio presiona a Orestes para que se someta a Cirilo, Orestes le responde que Cirilo, al descontextualizar el texto de Pablo sobre las mujeres que ha esgrimido contra Hipatia, está tergiversando la Palabra. De este modo, el guión no cae en la trampa simplista de identificar la religión cristiana con la misoginia, sino que refleja cómo el cristianismo auténtico no incurre en manipulaciones de la Biblia para promover valores contrarios a su propia ética igualitaria.

Otro momento inolvidable es cuando los magistrados presionan a Hipatia a convertirse al cristianismo, a fin de aliviar las tensiones sociales, y ella les responde que las conversiones de conveniencia que están promoviendo significan “mercadear con la fe”. Paradójicamente, la única pagana resulta ser la más cristiana de todos, al situar a la conciencia por encima de cualquier consideración circunstancial, y al negarse a hacer una farsa que, esa sí, sería anticristiana. Esta paradoja recuerda a los planteamientos autocríticos tan frecuentes en algunas historias de la Biblia en las que el pueblo de Dios falla, mientras que los infieles representan una ética elevada: la historia de Jonás, la parábola del buen samaritano, etcétera.

Hay historiadores que han llegado a sugerir que Hipatia era cristiana, aunque no hay fundamento para creer tal cosa. De todos modos, aun siendo pagana, las fuentes muestran su escaso interés en los aspectos religiosos del paganismo, con cuya defensa no se compromete activamente, a diferencia de otros intelectuales de la época. No se sabe de su participación en sacrificios a los dioses o en ceremonias nocturnas, y en los testimonios sobre el contenido de su docencia no aparecen elementos característicos de las corrientes mágico-esotéricas de la teúrgia, tan en boga entre los neoplatónicos de su tiempo. Ni siquiera las fuentes cristianas tardías que le acusan de magia y brujería (sin duda para justificar su asesinato) llegan a precisar actividades paganas concretas. De ahí que la imagen de Hipatia ofrecida en Ágora, como filósofa volcada en el conocimiento científico, y con una actitud prácticamente agnóstica hacia las cuestiones propiamente religiosas, a pesar de algunos toques anacrónicos, resulte acertada.

Por tanto, afirmar, como se ha hecho tan repetidamente, que en la película «la conclusión evidente es que la religión conduce a la intolerancia», supone una distorsión por parte de quienes, seguramente arrastrados por sus prejuicios y por el victimismo, no le perdonan a Amenábar que supuestamente defendiera la eutanasia en su película anterior (un análisis detenido de Mar adentro no permite interpretarla como obra tan propagandística, ni mucho menos), y ahora quieren rentabilizar Ágora en su particular asalto al poder. La conclusión más evidente de la película es que la perversión de la religión, incluso de la más pacífica como es la cristiana, conduce a la persecución.


Paganización del cristianismo

La situación sociorreligiosa de Alejandría en torno al 400 es de una gran complejidad, de ahí que en dos horas de metraje sea necesario un gran esfuerzo de síntesis, que puede llegar a la simplificación. A los enfrentamientos de paganos con cristianos, judíos con cristianos y paganos con judíos, hay que sumar las luchas entre los propios cristianos. Si Amenábar quisiera haber cargado las tintas contra el cristianismo de la época, podría haber reflejado los escandalosos enfrentamientos entre los propios “cristianos”, divididos en facciones por su interpretación de la naturaleza de Cristo. Arrianos y nicenos protagonizaron combates callejeros (que llegaron a ser muy violentos, incluso resultando en la muerte del obispo Proterio en 457), maniobras de obstrucción, luchas de poder y agresiones sin fin, tal como recogen las fuentes.

La propia muerte de Hipatia fue más cruel que lo que muestra el filme. En éste, no sólo se le proporciona una compasiva “eutanasia” para evitar el martirio, sino que el director tiene la delicadeza de ocultar el momento fatal del apedreamiento (que no fue tal, sino que los agresores la golpearon con trozos de cerámica en sus manos hasta matarla, lo cual, si cabe, resulta aún más cruel), y tampoco muestra cómo el cadáver fue despellejado y arrastrado por la Vía Canópica de Alejandría, en un ritual cuya finalidad era “purificar” la ciudad, bien constatado desde que en 250 los cristianos fueron sometidos a él en el contexto de las persecuciones contra esta minoría. Posteriormente, tanto los paganos como los cristianos se lo aplicaron mutuamente con cierta frecuencia.

No sabemos hasta qué punto el obispo “San” Cirilo incitó a las masas a masacrar a Hipatia. El historiador Sócrates Escolástico dice que la filósofa «cayó víctima de la envidia política que dominaba en aquellos tiempos. Dado que ella se había entrevistado con frecuencia con Orestes, fue acusada calumniosamente entre los cristianos de que esto era lo que impedía que Orestes se reconciliara con el obispo. Algunos de ellos, cuyo cabecilla era un maestro llamado Pedro, corrieron a toda prisa empujados por un ardor salvaje y fanático, la asaltaron cuando ella volvía a casa, la sacaron de su carro y la llevaron a la iglesia llamada de Cesarion, donde la desnudaron completamente y la mataron con trozos de cerámica. Después de descuartizar su cuerpo llevaron sus trozos a Cenarion y allí los quemaron. Este asunto constituyó un gran oprobio, no sólo para Cirilo, sino para el conjunto de la Iglesia alejandrina». Esta última observación en principio no inculpa directamente al obispo de la incitación al crimen, pero sugiere cuando menos un pecado de omisión. Sí que lo implican algunas fuentes cristianas posteriores, como Juan Malalas (siglo VI) y Juan de Nikiu (siglo VII); este último, tras narrar en tono justificatorio el espeluznante final de la filósofa, dice: «Toda la gente rodeó al patriarca Cirilo y lo llamaron “el nuevo Teófilo”, porque había destruido los últimos restos de idolatría en la ciudad» (Crónica, 84.87-103). Juan Damascio (pagano del siglo VI) cuenta que la popularidad de Hipatia provocó en Cirilo un ataque de envidia tal «que inmediatamente empezó a conspirar su asesinato de la manera más detestable» (Vida de Isidoro). Además sabemos que Cirilo era un personaje intrigante que no dudó en perseguir a los judíos y a los novacianos, y recurrió a todo tipo de manipulaciones para imponer sus tesis en el Concilio de Éfeso (431). A partir de este perfil, Amenábar desarrolla una de las hipótesis posibles sobre los mecanismos que llevaron al crimen.

Sócrates continúa el pasaje citado señalando: «Seguramente nada puede estar más lejos del espíritu de la cristiandad que el consentimiento de masacres, lucha y asuntos de esta clase» (Historia eclesiástica, 7, 13), gran verdad en cuanto a lo que se refiere al espíritu del cristianismo (más que de “la cristiandad”), y perfectamente compatible con otra verdad: la historia de las iglesias “cristianas” está plagada de masacres y luchas de poder.

Ágora nos recuerda que los cristianos de la época habían desvirtuado el mensaje y las vivencias originarias de la religión de Jesús. Cuando Constantino permite y oficializa el cristianismo en 313, éste, aun conservando muchos de sus rasgos evangélicos, se convierte definitivamente en una ideología de poder, y la iglesia en una estructura de dominación. En 380 Teodosio impone por ley en el Imperio la variante católica romana, sentando las bases de la alianza entre poder político y religioso y la persecución de paganos y “herejes”, las cuales prevalecerán en Occidente hasta la Edad Contemporánea. Ágora refleja la degradación propia de ese momento de transición.

Obviamente, las transiciones históricas no se producen en un día ni en un año, a veces ni siquiera en un siglo, sino que son procesos jalonados por acontecimientos cumbre que de algún modo los precipitan o los simbolizan. Al igual que fechas como 1492, 1789 o 1989 simbolizan un cambio de era, en torno a la muerte de Hipatia se concentran las principales tendencias que ponen fin al mundo antiguo y abren paso a la Edad Media. Sabemos que tras la muerte de la pensadora los profesores alejandrinos siguieron impartiendo instrucción filosófica, incluso a discípulos cristianos, por lo que su asesinato no puede explicarse sólo como una acción destinada a suprimir la influencia de las enseñanzas filosóficas. En este sentido, la afirmación de Hipatia en la película de que Cirilo ya había vencido, incluso antes de su propia muerte, es hiperbólica, pero a la vez es una certera “premonición” del espíritu que se impondría definitivamente en la edad emergente.

Por todo ello, esta película puede conmover o hacer pensar a los auténticos cristianos, como de hecho está ocurriendo (ver por ejemplo la reseña del periodista católico Jesús Bastante o la del crítico evangélico José de Segovia), pues ante todo muestra que muchos de los que en el siglo V se decían cristianos hacía tiempo que habían dejado de serlo, hasta el punto de que otros que no pretendían serlo defendían mejor los valores fundacionales de esta religión.

Pero ya mucho antes de Constantino multitud de desviaciones se habían introducido en la iglesia, precisamente por influencia de corrientes paganas. El cristianismo imperante ya había desechado aquellos aspectos del judaísmo que Jesús jamás eliminó (rechazo del culto a las imágenes, concepción unitaria del hombre –cuyo ser muere íntegramente y resucita al final de los tiempos–, eliminación de jerarquías, sacerdocio universal, observancia del sábado…) y en cambio tomó los que Jesús desechó (concepción jerárquica, mantenimiento de una casta sacerdotal, legalismo, ritualismo….) y además integró numerosas influencias paganas (culto a las imágenes, inmortalidad del alma, observancia del domingo o día del Sol…). El propio Cirilo fue un destacado promotor de una doctrina que se consagró como “ortodoxa”, pero que supone una auténtica herejía desde el punto de vista cristiano: otorgar a María el título de theotokos (portadora de Dios), para lo cual consiguió del emperador que convocara un concilio en Éfeso en 431, y procedió a todo tipo de artimañas para resultar vencedor.

Alejandría fue precisamente un centro de sincretismo religioso, donde el cristianismo se vio invadido por elementos paganos, como la astrología; incluso los filósofos cristianos, como el obispo Sinesio, participaban de ideas astrológicas y herméticas, procedentes de la tradición pitagórica y platónica (esas prácticas se extenderían durante siglos; en las edades Media y Moderna la astrología estuvo presente en los estudios oficiales de la Iglesia Católica, y papas como Julio II recurrieron a ellas). En la Alejandría tardoimperial la magia y la adivinación, practicadas según los modelos paganos (como la incubatio o pernoctación en un templo/iglesia para recibir revelaciones del dios/santo mediante el sueño), eran práctica común también entre los profesos cristianos, como señalan las fuentes.

Fue allí donde pensadores cristianos como Nemesio, el obispo de Emesa, o el propio Orígenes, influidos por el platonismo, llegaron a admitir la preexistencia del alma al cuerpo. El propio Sinesio admite con dificultad que el alma fuera creada después del cuerpo, pues ello contradiría la idea platónica de la superioridad de la naturaleza espiritual sobre la corporal, y se niega a aceptar la interpretación “popular” de la resurrección. Él mismo concibe la teología como actividad elitista, no apta para el común de los mortales, en un planteamiento de dos niveles de conocimiento religioso muy característico del pensamiento católico romano hasta hoy:

«Si esto me lo consienten las leyes del ministerio sagrado que voy a desempeñar, podría ejercerlo de la siguiente manera: en privado me dedicaré a la filosofía, pero en público contaré fábulas en mis enseñanzas (aunque sin introducir cambios en lo que a cada cual se le enseñó antes, sino dejando que todos persistan en sus concepciones previas) […]. Pues, ¿qué tiene que ver el vulgo con la filosofía? La verdad de lo divino debe ser algo inefable, la masa necesita un procedimiento distinto» (Sinesio, Cartas, 105).

Muchos de los que hoy atacan Ágora reivindican la figura de un autor contemporáneo de Hipatia, también norteafricano, “San” Agustín de Hipona, como representante de la conciliación entre la razón y la filosofía griegas y el cristianismo. A lo que en realidad contribuyó este gran pensador fue a la helenización (y por tanto a la paganización) del pensamiento cristiano, desvirtuándolo mediante la introducción del dualismo platónico, que tan letal ha sido para la historia de la teología cristiana (ver Dualismo antropológico griego y judeocristianismo). Además en La ciudad de Dios sienta las bases de la teología política católica, según la cual “la iglesia”, como avanzadilla divina, ha de intervenir en el orden temporal, con vistas a establecer su supremacía sobre toda la sociedad.

La iglesia oficial asimiló además la estructura y la simbología del imperio pagano. La llegada de los nuevos patriarcas a Alejandría asumió las formas ceremoniales de la llegada de los emperadores (adventus), mediante procesiones en las que se exhibía el poder y se ofrecían honores al recién llegado. Los templos paganos eran reutilizados para el culto cristiano, mediante procesos que, en lugar de una supuesta “cristianización”, significaban una auténtica paganización del cristianismo. Por ejemplo, el templo de Cronos fue reconvertido en la iglesia de San Miguel, precisamente un “santo” que, como Cronos, se creía que acompañaba a las almas de los muertos a la vida futura, y que garantizaba la crecida anual de las aguas del Nilo. En Canopo, el santuario de Isis (a quien se atribuían propiedades salutíferas) fue destruido violentamente por los monjes en 389, y “consagrado” a San Ciro y San Juan, a quienes se consideraba también sanadores, mediante el emplazamiento de reliquias de mártires destinadas al culto.

Esta oposición al paganismo implicó una gran violencia en todo el imperio, y especialmente en Alejandría. Los paganos entendían que el territorio que habitaban estaba consagrado a unas determinadas divinidades (al modo en que a lo largo de la historia la Iglesia Católica Romana ha venido consagrando ciudades y países a santos y vírgenes que ejercen de “patronos”), de ahí que primero rechazaran y persiguieran al cristianismo genuino (que desafiaba tal concepción) y después, tras la oficialización del “cristianismo”, se resistieran a abandonar su posición dominante en la sociedad. En Alejandría entendían que el templo y la estatua de Serapis protegían a la ciudad, y su destrucción implicaría grandes desgracias. Los “cristianos” asimilaron un esquema supersticioso similar al de sus enemigos (en un ejemplo más de paganización), y por tanto para ellos la eliminación de estos elementos sagrados y su sustitución por imágenes y símbolos propios significaba la purificación de la tierra y la victoria de su Dios sobre los falsos dioses, a los que se identificaba con demonios.

La constatación de esta evolución histórica, lejos de suponer un ataque al cristianismo, significa una reivindicación del cristianismo auténtico, una religión que desde sus orígenes pone en guardia contra la degeneración de sus principios. Frente al victimismo, según el cual los principales enemigos de la verdad están siempre fuera, los fundadores de la iglesia cristiana previenen acerca de la perversión que tendrá lugar desde dentro de las filas cristianas. Sin dejar de ser peligrosos los ataques exteriores, la principal amenaza contra el cristianismo es la traición de la iglesia a los principios asentados por Jesús, es la apostasía instalada en el seno de la comunidad, es la conversión de la iglesia en una estructura de poder blasfemo y perseguidor (ver 2 Tesalonicenses 2: 1-10; Apocalipsis 13), hasta el punto de que, como anunció Jesús, «llegará la hora en que todo el que os mate piense que da culto a Dios» (Juan 16: 2). El apóstol Pablo advierte a los ancianos de la iglesia de Éfeso de que «entrarán en medio de vosotros lobos rapaces que no perdonarán al rebaño. Y de entre vosotros mismos se levantarán hombres que hablarán cosas perversas para arrastrar tras sí discípulos» (Hechos 20: 30-31).


Una película molesta

Nos falta detenernos mínimamente en la aplicación, ya más concreta, que puede tener Ágora en y para nuestros días. ¿Hay un mensaje, no ya genérico sobre los peligros del fanatismo, sino específico sobre la realidad de éste en hoy?

Ya hemos visto que el propio director (y co-guionista) Amenábar ha enfatizado de manera prudente que «los cristianos de hoy en día […] no van dando palos por la calle» Sin embargo, es relevante recordar que ha añadido, como también hemos visto: «La película claramente lo que condena es a los fanáticos, a los que a día de hoy, y entonces, utilizaban la violencia.»

Ese “a día de hoy”, pese a la prudencia señalada (necesaria cuando tantas y tan agresivas interpretaciones se han hecho sobre/contra la película), debe necesariamente remitirnos a la actitud de no pocos “cristianos” de nuestros días. Recuérdese que ya Mar adentro sufrió los más ácidos denuestos de los neoinquisidores actuales y de sus corifeos. Y también, la postura laica de su director (visible en Ágora), condenado por ella desde los mismos sectores. Significativo es asimismo el hecho de que, aún más claramente que en su cinta sobre la eutanasia, en la que nos ocupa haya hecho Amenábar una obra de tesis, como acertadamente afirma el ya citado crítico José de Segovia. Por todo ello, pero también a la luz de las tendencias del mundo presente, no podemos sino estar de acuerdo con el diagnóstico de éste en el sentido de que «no hay duda que la Alejandría del siglo IV que nos presenta Amenábar, tiene más que ver con nuestra época actual que con la reconstrucción histórica de unos sucesos transmitidos con el rigor de un documental».

Estamos, de hecho, ante un filme actualísimo. Así lo confirman, particularmente, muchas de las propias reacciones al mismo, fácilmente localizables en la Red. Varias webs del catolicismo reaccionario han puesto en boca de Amenábar ciertas palabras: «Las personas que había a mi alrededor dijeron al acabar la película: qué hijos de p… son los cristianos». Pero las palabras fueron exactamente «eran los cristianos», diferencia que es decisiva; sin embargo, lo más grave es que fue Pablo Motos, no Amenábar, quien las pronunció en uno de sus programas-basura, en el que el director de cine precisamente responde rechazándolas y negando que la película sea anticristiana (ver ese episodio de El hormiguero). La reproducción de ese error en Internet muestra la típica falta de rigor documental de esos medios. Se han lanzado ataques ad hominem contra su director aludiendo a su condición de ateo y homosexual (recordemos que fue precisamente un ateo homosexual, Passolini, quien realizó la que para muchos es la más bella y fiel película sobre Jesús, El evangelio según San Mateo), así como acusaciones de incluir “engaños”, sobre los que ya hemos dado nuestra opinión más arriba. O, aún con menos contemplaciones, de que «la trama es mentira e insulta a los cristianos». O incluso de «despertar el odio contra los cristianos en nuestra sociedad de hoy». O de reduccionismo («Ágora», dice un comentarista, «es como hacer una película del Real Madrid y llamarla “Alcorcón”», aludiendo así al reciente partido que el primer equipo perdió por goleada frente al segundo, de una categoría muy inferior; de este modo, se nos pretende convencer de que, a pesar del largo historial de persecuciones, Cruzadas e Inquisición, lo que cuenta Ágora es una rara y sorprendente excepción en la historia de la cristiandad, en lugar de una tónica frecuente e incluso habitual, al menos en cuanto al afán de poder que refleja).

Algunos, cegados por el prejuicio, parecen no haber entendido la película, como quien señala: «El hecho de que Hypatia fuera pagana no quiere decir que el paganismo en conjunto sea digno de admiración y el hecho de que Cirilo fuera cristiano no significa que el cristianismo es condenable. Meter en el mismo saco a todo un colectivo, por un acto de ciertas personas, es hacer lo que Hypatia probablemente hubiera condenado.» Pero es que Amenábar ni hace una apología del paganismo ni, como queda dicho por nuestra parte, una descalificación global del cristianismo. Según recalca De Segovia en la reseña ya indicada, «los paganos y los judíos se presentan como igualmente violentos» (yerra tristemente, sin embargo, al añadir que «la conclusión evidente es que la religión conduce a la intolerancia», cosa que choca con algún pasaje de la propia película, según ya hemos indicado).

Aún hay alguno que califica la película de «mortalmente aburrida», mientras, todavía con menos recato, otros se regodean en su supuestamente previsible fracaso comercial: «El batacazo va a ser de aúpa», afirmó osadamente uno en el día del estreno (el cual sería un éxito, corroborado las semanas siguientes por su permanencia en el número uno de las taquillas; al día de hoy, un mes después, sigue proyectándose en numerosísimos cines españoles; otra cosa es que, habida cuenta de ciertos problemas de distribución –p. ej., en Estados Unidos, confirmando de nuevo la intolerancia despertada por la película–, ésta pueda llegar a amortizar su caro presupuesto).

En suma, estamos hablando de una serie de críticos (respetables, por supuesto) que descalifican Ágora por su carácter presuntamente “anticristiano”. Y que lo hacen basándose en que la historia cuenta unos hechos (reales, no se olvide) en los que unos “cristianos” nominales cometieron actos, ésos sí, absolutamente anticristianos. Así es como los cristianistas anteponen su buen nombre (que no el de Cristo, en realidad) a la preocupación por el genuino evangelio y la auténtica praxis cristiana.

En este contexto, merece reseñarse especialmente la posición de la jerarquía española de la Iglesia Católica Romana: «Amenábar recurre al enfrentamiento entre la cosmovisión cristiana y la pagana, en un contexto histórico muy alejado de nuestras coordenadas, para emitir una sentencia histórica: si el paganismo fue luz, el cristianismo no ha sido otra cosa que oscuridad. […] Es un acto más en el combate sectario contra el cristianismo como raíz de nuestra cultura y como experiencia presente, protagonista del debate público.»

¿Otros que no han entendido la película? Nos cuesta creerlo. No ya porque los obispos españoles y sus portavoces, como refinados políticos que son, acostumbran a hilar fino. Ni siquiera solamente porque el filme, al subrayar el fanatismo y el afán de poder de quienes les precedieron, les señala de modo indirecto a ellos mismos. Sobre todo, porque la cinta, que resulta ambigua para un público mayoritariamente ignorante en materia religiosa, les viene de perlas para seguir adelante con su campaña victimista (ya se sabe: “el programa laicista”, “la dictadura del relativismo”, etc.).

Téngase en cuenta que son los mismos que llevan años usando agresivamente las ondas de radio y muchos otros medios para enfrentar, como ya hicieran en la II República, a unos españoles contra otros con el pretexto de la libertad religiosa y los valores cristianos. Los mismos que, a través de esos mismos medios, han dado un soporte ultrabelicista a las políticas del Imperio, particularmente desde el 11-S (ver El eje Washington-Vaticano). Los mismos que han venido convocando manifestaciones contra medidas (más o menos aceptables, pero generalmente legítimas) del gobierno con el propósito evidente de doblegar al estado. Los mismos que hinchan una y otra vez hasta extremos por completo inverosímiles las cifras de asistencia a dichas manifestaciones, revelando así que su afán de ganar es mayor que su amor a la verdad (esencial atributo cristiano). Los mismos, en fin (pero sin agotar el asunto) que instrumentalizan el aborto (crimen reprobable, no hay duda) con objeto de acrecentar sus propias cuotas de poder, mientras reciben con los brazos abiertos en su seno a un abortista (y genocida) impenitente como Tony Blair.

Son éstos, y su legión de seguidores, los que pretenden dar lecciones a Amenábar y a quienes aprecian el buen trabajo de éste en Ágora. Éstos y sus pares u homólogos en otros países, más o menos instalados en posiciones de poder (recuérdese que Bush, Aznar, Obama, Brown, Sarkozy, Merkel… y un largo etcétera se declaran “cristianos” y/o defienden explícitamente una mayor presencia del “cristianismo” en el mundo actual).

A diferencia de ellos, en cambio, el humilde Maestro de Nazaret no pretendía imponer nada. Su “Sígueme” era una invitación, apremiante, es cierto, pero nunca coercitiva. Se declaraba «manso y humilde de corazón» (Mateo 11: 29) y a fe que lo era. Él no pretendía ganar a toda costa, como lo prueba el hecho de que clamase llorando contra los inquisidores de su tiempo (ver Mateo 23: 13ss.). Y que, tras una vida de no violencia estricta, acabase colgado de una cruz desde la que, como recuerda Amenábar en su magnífica película, perdonó a sus enemigos (ver Lucas 23: 34). Ya lo había anticipado así el profeta cuando, subrayando su mansedumbre, dijo: «Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como un cordero fue llevado al matadero; como una oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, no abrió su boca» (Isaías 53: 7).

Cuando la jerarquía y sus acólitos mediáticos vuelven a enseñar sus dientes contra un presunto “no cristiano”, lo que están haciendo es animar a todos sus seguidores, pero también al conjunto de la sociedad, a perseguir y maltratar a todo aquél que no piensa como ellos, en lugar de evangelizarlo. Les están incitando a perder, una vez más, la oportunidad de ser cristianos genuinos. Y, en el fondo, les están invitando a volver a crucificar a Jesús (ver Mateo 25: 41-46).

Frente a ese espíritu se alza Ágora, película cristiana que, en nuestra modesta opinión, todo seguidor del Maestro debería recibir con alborozo. No en vano es un canto a la libertad de conciencia, al sagrado respeto que merecen los demás piensen lo que piensen, y una denuncia del odio sectario, tarea que debería ser siempre primaria en quienes se reclaman adeptos de la religión del amor (ver 1 Corintios 13).

Concluyendo, cabe decir que, por desgracia, la película que nos ocupa, pese a narrar una historia del pasado, ha resultado ser una profecía que se autocumple. Ciertamente, no lo tenía difícil, pero, ¡qué descorazonador resulta que un filme que denuncia los prejuicios, que nos puede ayudar a meditar e incluso a crecer moralmente, sea utilizada por tantos para seguir alimentando esos mismos prejuicios! Así Ágora deviene para muchos (gracias a Dios, no para todos) una nueva oportunidad desaprovechada, un nuevo clamor desatendido.

En este sentido, al menos en alguna medida, sí se podrá decir que Amenábar ha fracasado. Su narración serena, su enfoque pacífico, su apelación a la reflexión quedan en muchos enturbiados por la ofuscación personal y las directrices de la “Santa Madre Iglesia”. No nos extrañaría mucho que ese resultado, tan ajeno a su propósito, a Alejandro le suscite alguna tristeza.

Quizá porque, en el fondo, es más cristiano que ellos.

© Guillermo Sánchez Vicente / Juan Fernando Sánchez Peñas
(11 de noviembre de 2009)
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