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La religiosidad popular
© José Grau
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En su obra Catolicismo romano (Barcelona: Ediciones Evangélicas Europeas, 1990) el gran teólogo evangélico José Grau (1931-2014) analiza críticamente la historia de la Iglesia Católica Romana. En ella ofrece la siguiente reflexión sobre la llamada “religiosidad popular”.

Las masas necesitan el espectáculo continuo. Los emperadores romanos lo sabían bien y de ahí que uno de los principales elementos de su política fuese “Pan y circo”, pues lo primero sin lo segundo no funcionaba.

Jesús, por el contrario, no se fiaba de las multitudes. Se compadecía de ellas y singularizaba a las personas perdidas en el anonimato de la masa.

Las muchedumbres se dejan arrastrar por cualquier cosa o persona. Jesús no quiere esta clase de adhesiones irracionales y volubles. La masa en tanto que masa no piensa; va tras el héroe o la figura del momento, sea quien sea. Hoy puede ser uno y mañana su contrario. Su entusiasmo es como los fuegos de artificio: brillo de un momento. De ahí que las masas no tengan rostros sino sólo gritos. Son intangibles, evanescentes y contradictorias. Pensemos en aquel clamor del pueblo de Madrid, en el siglo XIX, cuando Fernando VII volvía del exilio –tras haber felicitado a Napoleón por sus victorias en España contra sus propios súbditos, y cuando regresaba para abolir la Constitución y todas las libertades instituidas por las Cortes de Cádiz–: “¡Vivan las cadenas!”. Grito insólito y desconcertante. La religión de las multitudes no es muy diferente. Las mismas contradicciones e idéntica histeria.

Jesús no se fiaba de la religiosidad popular. Se hallaba en sintonía con los viejos profetas de Israel: «Vuestra piedad es como el rocío de la mañana, se apacienta de viento; se desvanece» (Oseas 6: 4 y 13: 3).

El apóstol Pablo, y Bernabé, en Listra fueron aclamados como dioses (Hechos 14: 8 y ss.), y luego apedreados porque no admitían la adoración de las gentes del lugar. Pero ellos querían dar gloria a Dios solamente y corrieron el riesgo de ir contra corriente y enfrentarse a la religiosidad popular.

Jesús atraía a las multitudes. Lógico. Tenía carisma y su personalidad única ejercía una indudable atracción. Leemos en el Evangelio que «oyendo cuán grandes cosas hacía, grandes multitudes vinieron a él» (Marcos 3: 7; cf. Juan 6: 14-15). Pero, ¿qué actitud tomaba Jesús? «No se fiaba de ellos», observa el apóstol Juan (2: 24).

«Entendiendo Jesús que iban a venir para apoderarse de él y hacerlo rey, volvió a retirarse al monte solo» (Juan 6: 16). No razonó con ellos en aquel momento; hubiese significado perder el tiempo. Se fue. Las parábolas del Reino y la doctrina de su realeza las explicaría después a sus discípulos sosegadamente y en otro clima (cf. Mateo 13).

«Y al ver a las multitudes, tuvo compasión de ellas porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor» (Mateo 9: 36).

«Y saliendo Jesús vio una gran multitud y tuvo compasión» (Mateo 14: 14).

«¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos como la gallina junta a sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste!» (Mateo 23: 37).

Es interesante observar cómo los evangelios –especialmente el de Lucas– singularizan a las personas, las desmasifican: «Y he aquí un hombre de la multitud clamó diciendo: Maestro…» (Lucas 9: 38). «Una mujer de entre la multitud levantó la voz…» (11: 27). «Zaqueo, date prisa, desciende…», le dice el Señor distinguiéndole de la multitud (19: 1-10).

Los demagogos –políticos o religiosos– utilizan a las masas para sus fines; las manipulan para la promoción de sus intereses. Jesús las ama; de ahí que ni adule ni manipule sino que enseñe. Los expertos en masificaciones se sirven de la multitud, Jesús sirve a la multitud mediante sus enseñanzas. El Sermón del Monte es un ejemplo claro; una invitación a reflexionar y a cuestionarse la escala de valores que rigen la vida. ¡Nada halagador, ni nada popular, el Sermón del Monte!

Aunque Jesús es el Buen Pastor y llama ovejas a quienes le siguen, sin embargo no quiere un rebaño masificado. Cada oveja le conoce personalmente. Y el Señor conoce a cada una de sus ovejas (Juan 10).

Los contrastes entre la religiosidad popular, masificada, y la fe evangélica son notorios:

La religiosidad popular repite: «Somos cristianos por tradición» y la fe cristiana quiere que digamos: «Soy cristiano por convicción.»

La religiosidad popular expresa fidelidad a unas costumbres, a unos hábitos culturales o familiares, mientras que la fe cristiana exige, sobre todo, fidelidad a la Palabra de Dios y al único señorío de Jesucristo.

La religiosidad popular suele suscitar emociones pasajeras, mientras que la fe cristiana se traduce en un compromiso vital.

La religiosidad popular es una euforia irracional las más de las veces, que sólo roza la epidermis del alma; mientras que la fe cristiana comporta al asentimiento mental de la inteligencia, la entrega del corazón y la movilización de la voluntad; es decir, el yo total y completo.

La religiosidad popular no exige ninguna decisión personal, pero la fe cristiana es imposible sin ella.

La religiosidad popular no responsabiliza, en tanto que la fe cristiana no se deja arrastrar y se sabe responsable delante de Dios.

La religiosidad popular es para el hombre-masa, mientras que la fe cristiana es para el hombre-persona.

Y es que hay algo peor que no conocer el Evangelio: conocerlo superficialmente, a la manera de las masas. Lejos de ser transformador se convierte entonces en falsa rutina y no menos falsa esperanza.

José Grau, 1989

Fuente de la imagen: diariodeunturista.com

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