La provocación del papa
© Guillermo Sánchez Vicente
www.laexcepcion.com (25 de noviembre de 2010)

La visita de Ratzinger a España ha mostrado, una vez más, que este país es un centro experimental en el que el papado ensaya y desarrolla (con gran éxito, por cierto) su programa de hegemonía sociopolítica.

Entre las declaraciones que Benedicto XVI realizó en España, quizá las que más polémica suscitaron fueron las pronunciadas en el vuelo rumbo a Santiago de Compostela: «En España ha nacido una laicidad, un anticlericalismo, un secularismo fuerte y agresivo como lo vimos precisamente en los años treinta, y esta disputa, más aún, este enfrentamiento entre fe y modernidad, ambos muy vivaces, se realiza hoy nuevamente en España» (Zenit, 6.11.10; destacados añadidos en todas las citas).

En los años treinta en España (recuérdese que comprenden la II República… ¡pero también la Guerra Civil!) se quemaron iglesias y conventos de la Iglesia Católica Romana (ICR) y se mató a sacerdotes y religiosos por el mero hecho de serlo. Ni siquiera el supuesto laicismo actual tiene parangón, en cuanto a la limitación del poder de la ICR, con la Constitución republicana de 1931, pues ésta sentaba que «el Estado, las regiones, las provincias y los Municipios, no mantendrán, favorecerán, ni auxiliarán económicamente a las Iglesias, Asociaciones e Instituciones religiosas» y anunciaba «la total extinción, en un plazo máximo de dos años, del presupuesto del Clero», a la vez que establecía severas restricciones a las órdenes religiosas (artículo 26).

Por el contrario, el papa actual ha viajado (con gran parte de los gastos pagados) a un país en el que en las leyes y en la práctica la ICR mantiene enormes privilegios [ver El paraíso fiscal (católico) y Estado laico: carta a Zapatero]. Ha sido recibido con todos los honores, no sólo de jefe de estado, sino también como si fuera el líder espiritual y moral de todos los españoles; ha conseguido que las autoridades modifiquen durante días el tráfico y la organización urbana de dos ciudades y la programación de las emisoras, incluida la radio pública (ver B16 en España: Confesionalismo y poder). Viene a un país cuyo gobierno ha cedido a las presiones vaticanas y ha retirado de la agenda política el proyecto de la nueva Ley de Libertad Religiosa, que previsiblemente avanzaría en la igualdad de todas las confesiones hacia un estado laico.


El gobierno se pliega

Ante la provocación de Ratzinger, tan contraria al espíritu del evangelio que este hombre pretende representar, era de esperar que el gobierno, y el partido que lo sustenta, reaccionaran con firmeza. No fue así. El secretario de Libertades Públicas del PSOE, Álvaro Cuesta, habitualmente calificado de “laicista radical” (¡¡!!) por los católicos confesionalistas, manifestó su máximo respeto a la visita del papa, destacó la normalidad en la que se desarrollaron las dos “brillantes” jornadas y felicitó a la comunidad católica de España, así como al gobierno, a las comunidades autónomas y a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado por su gestión. En cuanto a las palabras papales, se limitó a calificar de «desacertado» aludir al laicismo de los años treinta porque «podría inducir a error» y porque esa época «no es precisamente la mejor página de la Iglesia en Europa». Destacó que esas declaraciones de Benedicto XVI también tienen un aspecto positivo, y definió su viaje como «un signo de amor a España». Es más, Cuesta cree que el papa hizo en realidad una apelación a la jerarquía católica española para que «procuren el encuentro entre fe y laicismo». Como es habitual, Cuesta procede a diferenciar incautamente entre el buen papa (cuyas palabras “inducen a error”, pero por lo visto eso no es culpa de quien las ha pronunciado…) y los malos obispos españoles, ignorando por completo la subordinación jerárquica de los segundos al primero. Cuesta también resaltó una gran verdad, que no deja en buen lugar a un gobierno que se considera defensor de un estado laico: «El Gobierno actual es el que mejor ha tratado a la Iglesia Católica» (InfoCatólica, 8.11.10).

Según La Razón (9.11.10), durante la Ejecutiva del PSOE, presidida por Zapatero, ninguno de sus miembros habló sobre el tema, pero sí lo hicieron varios antes de la reunión, cuando «fueron varias las voces que reprobaron la reflexión del Papa sobre el “laicismo radical” de España y la comparación con los años treinta de la Segunda República para sostener “el desconocimiento profundo del Papa sobre la realidad española”». Lo de siempre: cuando el papa mete la pata, se trata de ignorancia, o de mal asesoramiento. Ni siquiera sus supuestos “enemigos” o críticos son capaces de discernir las hábiles estrategias de este gigantesco poder, o no se atreven a denunciarlas.

El secretario de Organización del PSOE, Marcelino Iglesias, también expresó su «respeto» una y otra vez por las palabras de Benedicto XVI. Según él, la visita de Ratzinger «ha salido bien» y «el gobierno respeta el peso de la Iglesia Católica» en España. Por si había dudas, recordó que la reforma de la Ley de Libertad Religiosa sigue en la agenda del gobierno, pero «no está en el debate inmediato», algo que el propio Zapatero corroboraba al día siguiente (La Razón, 10.11.10).

El vicepresidente Alfredo Pérez Rubalcaba quitó hierro al asunto declarando que las provocadoras palabras de B16 «no pasarán a los anales de la diplomacia vaticana». El presidente del Congreso, José Bono, como es habitual en los católicos “progresistas” cuando su jefe religioso protagoniza disparates, recurrió al negacionismo: «No quiso decir eso», comentó en referencia al de comparar la España actual con la de los años treinta. El ministro de Fomento y vicesecretario general del PSOE, José Blanco, otro católico romano, tampoco parece enterarse, pues considera prueba de debilidad lo que es una clara demostración de poder: «La jerarquía eclesiástica debería preguntarse qué culpa tiene de tener cada vez menos seguidores». El presidente de la Generalitat de Cataluña, el socialista José Montilla, no quiso entrar en la interpretación del mensaje de Benedicto XVI y dijo que, dada su complejidad, «cada uno resaltará aquello que más le interese o que tenga más relación con su ideología» (ídem).

Cualquiera que revise las palabras de Ratzinger puede comprobar que no son “complejas”, sino muy claras, por mucho que algunos quieran negarlo para no entrar en confrontación con esta superpotencia; pero la estrategia de la jerarquía papista en torno a ellas sí que es compleja: como en otras ocasiones polémicas (véase el caso de los preservativos y África), las declaraciones se realizan a periodistas en un avión, circunstancia que sugiere cierta informalidad y naturaleza semioficial (en contraste con los discursos oficiales en el país de destino). Además, como siempre, después vienen las matizaciones oficiales (nunca la petición de perdón, por supuesto): el jesuita Federico Lombardi, director de la Oficina de Información de la Santa Sede, explicó al día siguiente que Ratzinger «no hizo análisis históricos al hablar del anticlericalismo y del laicismo de los años treinta del siglo XX en España, sino que sólo quería recordar un período histórico del país y explicar que hoy la Iglesia busca “el encuentro, no el desencuentro”». Según él, «en las intenciones del Papa, hay que excluir la polémica. El pontífice sólo comentó el secularismo en Europa y en España y recordó algunos momentos de la historia». «Simplemente se refirió al secularismo y en sus palabras no hay que buscar la confrontación» (Zenit, 7.11.10). Con esta interpretación falseada, Lombardi satisfará a Bono, Montilla y todos los que quieran negar la realidad. Todo en el más puro estilo del Principio de Sí Contradicción, ya practicado de forma incendiaria y habilísima en célebres casos (igualmente mal interpretados por la gran mayoría) como las declaraciones antiislámicas de Ratisbona. No hay que olvidar, tampoco, el historial de declaraciones “sutiles” pero con mensajes bien claros de Ratzinger: siendo cardenal, tras la invasión de Irak por Estados Unidos (aparentemente condenada por Juan Pablo II) mostró su apoyo a la invasión del país por Estados Unidos. Favoreció la candidatura de Bush a la presidencia de Estados Unidos en 2004 (ver Dossier Ratzinger), y se ha posicionado con sutileza pero con suficiente claridad a favor de la estrategia imperial contra Irán.

No podía faltar Francisco Vázquez, embajador español ante la “Santa” Sede (al que algunos ven más como embajador papal ante el Gobierno de España…), para quien, como recoge una entrevista en El País, (11.11.10) «el viaje ha sido un éxito indiscutible. La satisfacción por ambas partes es absoluta. El Vaticano y la Iglesia española ya han expresado su agradecimiento. El presidente José Luis Rodríguez Zapatero habló diez minutos con el Papa. Las relaciones son cordiales». Según él, la comparación con los años treinta no fue en absoluto una injerencia política: «El Gobierno desde luego no lo ha percibido así. El Vaticano se sintió muy bien tratado. Ellos están encantados con el resultado», añade (¡como si desde Roma tuvieran el más mínimo motivo para quejarse!). «El Gobierno también», concluye, confirmando la cobardía del ejecutivo al no responder a la provocación. Ante la pregunta «¿No tiene la impresión de que es siempre el Gobierno quien cede?», responde: «Ellos [el papado] también ceden en muchas cosas, ¿eh? Yo pasé aquí un año muy malo con la ley del aborto. Y la ley se hizo». Increíble: Que un gobierno no se someta a la injerencia de un estado-iglesia ¿es una “cesión” por parte de ese gobierno? ¿Es que el legislativo español debe rendir cuentas al Vaticano? ¿Cómo puede un hombre así representar a España ante un estado que constantemente trata de interferir en las políticas nacionales?

Unos días después, en el fervor de un mitin de la campaña electoral catalana, Zapatero se las dio de valiente, y afirmó: «¿Qué leyes tengo que hacer, las que quiere el Papa o las que quiere la gente?», y añadió que «ya está bien» de aceptar las normas y códigos de conducta que la Iglesia ha impuesto «tantas y tantas décadas» (El País, 14.11.10). ¿Y no vale ya de mantener unos acuerdos que otorgan al estado vaticano unos privilegios inconcebibles en una democracia? ¿Y sí está bien proporcionar una financiación que tira por tierra el compromiso asumido hace décadas por la propia ICR de autofinanciarse? ¿Y no está Zapatero cansado de mantener símbolos confesionales en diversas instancias del estado?


Hábil estrategia

En cuanto al Partido Popular, su secretaria general, María Dolores de Cospedal, considera que «está fuera de lugar» comentar las palabras de Ratzinger a nivel de partido y que «en el ámbito de la Iglesia es donde hay que analizarlas» (La Razón, 9.10.10). Una vez más se toma arbitrariamente y según conveniencia una de las dos naturalezas de la figura papal (política o religiosa), a fin de dejar en el mejor lugar posible al incuestionable “Gran Líder”; ahora resulta que sus declaraciones sobre la situación sociopolítica de España ¡son una cuestión interna de la ICR!

Y, como siempre, el reparto de papeles. Si Lombardi quitó hierro a las brutales palabras del papa, el español Antonio Cañizares, cardenal prefecto para la Congregación del Culto Divino, las justifica con estos argumentos: «Las declaraciones fueron de gran calado y valor. Lo que dijo sobre el laicismo y la secularización radical en la que nos hallamos o la quiebra moral que padecemos es la pura verdad.  Ni la laicización de nuestra sociedad ni los intentos de que España “dejara de ser católica” en los años treinta –un hecho histórico que nadie puede negar– tienen sentido ni futuro ni respetan la identidad de lo que somos y constituye nuestra identidad y proyecto común que arrancan de muy atrás» (La Razón, 10.11.10). Por supuesto, las tergiversa, pues B16 no dijo que las raíces del laicismo actual estuvieran en los años treinta, sino que el «secularismo fuerte y agresivo» de aquellos años «se realiza hoy nuevamente en España».

Cañizares continúa diciendo: «Las declaraciones del Papa me hacen preguntarme: ¿de dónde viene esta situación tan radical? Todos, de alguna manera, tenemos que ver con ella. No busquemos culpables fuera ni enemigos externos para quedarnos tranquilos. Deberíamos hacer autocrítica, ver qué nos ha pasado y por qué, y  qué podemos hacer para que España reemprenda nuevos vuelos». Pero, curiosamente, ni Ratzinger ni él proceden a desarrollar esa autocrítica, sino que se prodigan en la crítica (disparatada) a los demás

De hecho, lo que Cañizares declara a continuación no es precisamente autocrítico: «Personalmente, y como español, me hubiese alegrado muchísimo que el presidente del Gobierno hubiese participado en la solemne celebración litúrgica de la consagración de la basílica de la Sagrada Familia, magnífica y única. Sentí de veras no verlo entre nosotros y con nosotros en aquellos momentos. Hubiese gozado como todos gozamos en ese acto incomparable y siento que se privase del reconocimiento agradecido de los cristianos, y también de otro». Y, en el colmo del cinismo, sigue: «Pero no lo critico. Respeto su decisión. Habrá tenido sus razones. De lo que estoy seguro y cierto es de que no lo hizo en modo alguno como desplante, falta de respeto, rechazo, desprecio o no sé con qué otra intención “torcida”. Si digo la verdad, debo confesar que no me he hecho problema de esta ausencia, que coincidió –¡qué cosas pasan a veces!– con una visita a quienes están lejos de nosotros y llevan la bandera de España para ayudar a un pueblo tan acosado por la guerra y la violencia» (en alusión a la visita del presidente a Afganistán). ¡Qué maestría en decir que no está diciendo lo que dice! Algo similar había dicho el presidente de la Conferencia Episcopal Española, cardenal Rouco Varela: «Entramos en el asunto delicado de la libertad religiosa, aunque nos hubiera gustado que [Zapatero] estuviese presente» en los actos religiosos (La Razón, 8.11.10). Claro reconocimiento de que les fastidia bastante eso de la libertad religiosa.


Conclusiones

El papa sabía lo que decía, dónde y cuándo. Las preguntas formuladas en el avión le habían sido remitidas con antelación, como siempre, a fin de que pudiera prepararse las respuestas. Es discutible que sea uno de los intelectuales más sólidos del mundo actual (el etiquetarlo así sirve a veces de excusa para argumentar que su nivel está tan por encima del de los demás, que no percibe el impacto social que sus palabras pueden tener); pero sí es inteligente y astuto, y resulta inconcebible que pudiera pronunciar unas palabras tan graves sin calcular el alcance que tendrían. Además, no se improvisa una alusión histórica tan precisa.

Fueron una provocación en toda regla. ¿Respuesta oficial? Merece nuestro respeto, ha sido una falta de diplomacia, es fruto del desconocimiento ingenuo de la historia y/o de la realidad española, no quiso decir eso, que luego no se extrañen de que pierden fieles…

La estrategia papal ha funcionado: su portavoz quita hierro al asunto, mientras jerarcas españoles dan la razón a Ratzinger (¿ellos también ignoran la realidad española, o es que éstos sí son malintencionados y su jefe es “ingenuo”?). Y el autodenominado “Santo Padre” seguirá siendo una referencia ética fundamental en el mundo (quizá pronto la referencia por antonomasia), aunque tergiverse la realidad en pro de su causa hegemonista.

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