El Principio de Sí Contradicción
© Guillermo Sánchez Vicente / Juan Fernando Sánchez Peñas
www.laexcepcion.com (16 de julio de 2010)

El Principio de sí Contradicción (PsíC), por constaste con el famoso principio de no contradicción exigido por la lógica, es un procedimiento consistente en posicionarse de forma contradictoria sobre un mismo asunto, pero con tal habilidad que la mayoría de los implicados se den por satisfechos. La institución que con mayor maestría recurre a este principio es la jerarquía de la Iglesia Católica Romana (ICR), como se puede comprobar siguiendo algunas de sus intervenciones sobre asuntos muy variados.

En un artículo titulado “Líos sincréticos”, Aleix Vidal-Quadras resumía hace años la multiplicidad de rostros de la ICR: «La Iglesia católica es universal y en su apostólica expansión trabaja en los contextos sociales y culturales más diversos y, como es natural, se adapta flexiblemente –siempre dentro de un orden– a las costumbres, sensibilidades y tradiciones locales. Así, es ruidosa y colorista en Méjico, sexualmente tolerante en Holanda, informal y aperturista en los Estados Unidos, secesionista y euskérica en el País Vasco, austera e intelectualizada en Alemania, simple y bulliciosa en el África subsahariana, y ceremoniosa y bizantinamente recargada en el Cáucaso. Por supuesto, bajo estos diferentes ropajes formales destinados a conseguir una óptima comunicación con los fieles de distintas pieles y latitudes, la doctrina básica es la misma y la obediencia al Papa incuestionable» (La Razón, 30.5.01).

Este carácter polifacético, aunque propio de todas las grandes organizaciones humanas extendidas por territorios variados, cobra rasgos peculiares en la ICR, dada precisamente su naturaleza sincrética (recogida en su propio nombre, que refleja la adaptación a las estructuras políticas y religiosas de la antigua Roma, y apreciable en la enorme cantidad de tradiciones no cristianas que ha ido asimilando a su teología oficial a lo largo de la historia). A esta multiplicidad se añade una jerarquización del conocimiento, de modo que a las masas se les nutre con (o se les consiente) una cultura básicamente visual e iconográfica (procesiones, culto a las imágenes…), mientras que los líderes y teólogos desarrollan un discurso muy racionalista (ver Mentalidades católica y protestante).

Pero lo más sorprendente de esta institución no es la variabilidad regional o intelectual, sino su capacidad de, en asuntos considerados fundamentales, utilizar hábilmente los diferentes niveles de comunicación (declaraciones orales, textos oficiales, expresiones llamativas destinadas al titular de prensa…) y transmitir mensajes diferentes desde distintos niveles de jerarquía: el papa, cardenales, obispos, portavoces… El fruto de todo ello es la simultaneidad oficial, oficiosa o presuntamente oficial de discursos contradictorios entre sí, destinados a satisfacer a diferentes sectores eclesiales o sociales. La gran mayoría del público no entrará en los detalles de las diferentes declaraciones sobre un asunto, sino que se quedará con el titular. Y como la ICR juega a todas las bandas, siempre “gana”.

Quizá el ejemplo más espectacular de PsíC fue la actitud de Juan Pablo II ante la guerra de Irak: la opinión pública entendió que el papa la condenaba enérgicamente, mientras que los ejecutores de la guerra y sus partidarios supieron que contaban con el respaldo del Vaticano (ver Juan Pablo II: ¿”el papa de la paz”?). Otro tanto ocurrió anteriormente en relación con la guerra de Afganistán. Pero hay muchos otros ejemplos; veamos algunos de ellos.


Las “disculpas” de Ratisbona

Un ejemplo paradigmático de PsíC fueron los sucesos relacionados con las “desafortunadas” declaraciones de Ratisbona en septiembre de 2006, en las que Ratzinger asociaba el islam con la violencia, provocando una oleada de protestas (ver BXVI: ¿Apostando por la guerra?). Significativamente, el comunicado de “disculpa” se publicó sólo en inglés, utilizando la ambivalente palabra “sorry”; de este modo, como señalaba un diario marcadamente católico, «mientras los medios latinos aseguraban que el Pontífice estaba “afligido” por la reacción del mundo islámico, los anglosajones (de los que se nutre el mundo musulmán en su cobertura informativa sobre Occidente) explicaban que el Papa “pedía perdón”.» Y el periodista comentaba: «Sutilezas de este tipo, en las que el Vaticano es especialista, ayudan a mandar más de un mensaje al mismo tiempo» (La Razón, 18.9.06).

El efecto, las falsas disculpas papales serenaron los ánimos, pero a la vez los partidarios de la línea antiislámica insistieron, con razón, en que el Vaticano no había pedido perdón. Libertad Digital titulaba: “El Papa lamenta la reacción a su discurso pero no pide perdón mientras Moratinos dice que ‘sus disculpas eran necesarias’” (17.9.06). El portavoz Lombardi lo dejó claro meses después: «Yo pienso que el Papa no tenía que pedir perdón, puesto que nunca tuvo la más mínima intención de ofender a nadie» (La Razón, 9.10.06). El sector islamófobo quedó contento con la firmeza papal. Pero lo chocante es que los musulmanes quedaron satisfechos con su humildad: unos días después Ratzinger invitaba a diplomáticos de veintiún países de mayoría islámica y a representantes musulmanes de Italia a un encuentro (en el Vaticano, por supuesto), que fue resumido así por el embajador de Irak ante la “Santa” Sede: «El Santo Padre expresó su profundo respeto por el islam. Eso era lo que esperábamos»; «es ahora el momento de dejar atrás lo ocurrido y tender puentes» (Zenit, 25.9.06). Y el mes siguiente 38 líderes musulmanes dirigían al papa una carta solicitando diálogo (“el efecto Ratisbona”, lo calificó el agudo vaticanista Sandro Magíster en www.chiesa, 18.10.06); un año después eran 138 los firmantes. Desde entonces, y pesar de otros gestos “ambiguos” en relación al islam, la integración de amplios sectores del mundo musulmán en el proyecto papal (ver Los hijos de Abrahán) ha seguido adelante.


Nacionalismo

Esta hábil estrategia, que resulta desconcertante para muchos, tiene también sus costes: hay quienes pierden su confianza (si es que alguna vez la tuvieron) en el papado. Pero la rentabilidad obtenida por los intereses vaticanos siempre resulta mucho mayor.

Así, en el País Vasco, una zona tradicionalmente muy católica pero que viene experimentando una secularización intensa, la adscripción del clero al nacionalismo vasco mantiene la popularidad de la institución. Simplificando el asunto, la Conferencia Episcopal Española (CEE), y los obispos “españolistas” que sucesivamente van designándose para la región, ofrecen el discurso oficial nacionalista español dirigido al conjunto de España y a los vascos no nacionalistas. Siendo que el episcopado español y su cúpula son predominantemente contrarios al nacionalismo vasco, a muchos les sorprende que desde Madrid (y desde Roma, no se olvide, pues es el papa quien designa los obispos) se consienta a los clérigos y hasta a algunos obispos vascos ese segundo discurso oficial de cercanía al nacionalismo vasco (incluso al más radical). ¿Cómo es que el papa y la CEE no intervienen con firmeza? Obviamente, porque no desean sacrificar el apoyo de gran parte de la feligresía. Los españolistas protestarán por esa permisividad, pero nunca tanto como para cortar vínculos con su iglesia; y los vasquistas seguirán sintiéndose cómodos en una iglesia “vasca”, a pesar de la progresiva “españolización” de su cúpula (ver Nacionalismo vasco y catolicismo). Algo similar ocurre con el nacionalismo catalán.


Apariciones

Una ambigüedad parecida se da con numerosos casos de religiosidad popular, especialmente supuestas apariciones de vírgenes, aceptadas por el fervor de numerosos seguidores. El rechazo oficial de estas manifestaciones por parte de la ICR provocaría el alejamiento de las masas con respecto a la institución (pues es evidente que para muchos católicos “su virgen”, “su santo” o “su cofradía” están por delante del obispo o la doctrina oficial, incluso por encima de Cristo); la aceptación oficial supondría que la jerarquía fuera acusada de supersticiosa. Solución para muchos de estos casos: ni se oficializa ni se condena.

Tal es el caso de la “devoción en Prado Nuevo”, en El Escorial (Madrid), donde entre 1981 y 2002 una mujer estuvo transmitiendo supuestas apariciones de “la Virgen de los Dolores”. En 2009 el arzobispo de Madrid concedió permiso para celebrar una misa cada primer sábado de mes. Como señala un diario, «la Iglesia no se pronuncia oficialmente sobre las supuestas apariciones, pero un año de misas mensuales “con papeles” arroja un saldo de oración fervorosa y normalidad organizativa» (La Razón, 7.2.10).


Conclusión

Los ejemplos de PsíC papal en el ámbito político son numerosísimos: la posición ante el posible ingreso de Turquía en la Unión Europea, con declaraciones tanto a favor como en contra, para satisfacer a distintos colectivos; la condena de la pena de muerte, cuando el Catecismo y otras declaraciones oficiales siguen manteniéndola como posibilidad en determinados casos; el apoyo simultáneo a la causa palestina y al estado de Israel (ver “Tierra Santa”); la falsa contraposición entre los términos equivalentes “laicismo” y “aconfesionalidad”’ (y la consiguiente acuñación del término “laicidad” como opuesto a “laicismo”, o la introducción del concepto de “laicidad positiva”).

A veces la contradicción está entre las palabras y la práctica. Por ejemplo, la posición oficial ante el aborto no admite matices, ni oficiales ni oficiosos. Pero la jerarquía católica no procede a llevarlo hasta sus últimas consecuencias, como serían la excomunión pública y explícita de todos los políticos y médicos abortistas, así como de las mujeres que lo practican con plena consciencia (a quienes tampoco se les llega a calificar de “asesinas”, a pesar de que se dice que el aborto es un crimen). Esta contradicción escandaliza a muchos católicos sinceros que, lógicamente, piden una firmeza en los hechos que se corresponda con el rigor de las palabras.

El PsíC afecta incluso a cuestiones teológicas, algunas de gran trascendencia social, como la de la anticoncepción (ver ¿Cuál es la posición de la Iglesia Católica sobre el preservativo?), y otras con menor proyección social (ver, por ejemplo, ¿Cree la Iglesia Católica en el limbo y en el infierno?). Incluso la documentación emanada del Concilio Vaticano II, leída atentamente, muestra un juego de equilibrios entre la tradición integrista y el aperturismo; de este modo los sectores progresistas se aferran a la ruptura que supuestamente significó este acontecimiento, mientras que los tradicionalistas alegan, con razón, que ni explícita ni implícitamente el Concilio abrogó las disposiciones anteriores sobre cuestiones fundamentales. El estudio ¿Qué debemos entender por libertad religiosa según el Magisterio de la Iglesia Católica? del sacerdote Álvarez de la Torre expone cómo el Concilio, a pesar de su apariencia rupturista, en realidad mantiene los puntos fundamentales del rechazo histórico a la libertad religiosa plena e incondicional; así se constata al comprobar la ambigüedad y sutileza de ciertas expresiones de la declaración sobre la libertad religiosa “Dignitatis humanae” (aparte de que la jerarquía romanista en la práctica sólo ha reclamado la libertad religiosa cuando su iglesia es minoritaria o cuando ha sentido amenazados sus privilegios). Algo similar se puede considerar sobre el ecumenismo católico que, más que una apertura de la ICR a otras confesiones (como generalmente se presenta), implica la voluntad de atraer a éstas hacia la “Santa Madre Iglesia” (ver Ecumenismo y autoridad).

Muchos fieles y clérigos católicos romanos creen, practican y defienden con sinceridad las enseñanzas de esta iglesia. Hay que reconocer el valor de quienes, a pesar de la impopularidad de ciertas creencias o prácticas en una sociedad en parte secularizada, en conciencia se mantienen fieles a ellas (en otros casos quien requiere valor es el que se trata de apartar de algunas celebraciones no sólo todavía populares, sino también socialmente “obligatorias”). Pero una nota distintiva de la alta jerarquía de esta iglesia es su capacidad de mantener varios discursos sobre temas fundamentales, con tal habilidad que la mayoría no detecta las contradicciones resultantes de todo ello, sino que cada cual se queda con la posición que más le conviene (no siempre para posicionarse a favor de la ICR, por supuesto).

Dice la Biblia: «Que vuestro sí sea sí y el no, no» (Santiago 5: 12). «La palabra que os dirigimos no es sí y no» (1 Corintios 1: 18). «Sea vuestro lenguaje ‘Sí’, sí’ ‘no, no’: que lo que pasa de aquí viene del Maligno» (Mateo 5: 37). Lo contrario es confusión, es decir, Babilonia.

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