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El legado del presidente Obama es la guerra sin fin
Gene Healy

El próximo presidente dispondrá de poderes casi ilimitados para hacer la guerra.

Llega el momento de hacer presentable el legado de Obama en la Casa Blanca, informa The New York Times, y la administración planea que el presidente esté disponible para la publicación de “artículos que permitirán al señor Obama exhibir sus principales logros”. En este breve interludio antes de que las convenciones nacionales de los partidos dirijan nuestra atención hacia los nuevos horrores que vendrán, es tiempo de “entrevistas de despedida” y textos de análisis sobre el papel de nuestro presidente número 44 en la historia.

El Washington Post ha publicado recientemente un “Museo Virtual” hagiográfico sobre los mandatos de Obama, acompañado de “El contenido de su presidencia”, un texto de 3.000 palabras llenas de ánimo escrito por el biógrafo de Obama David Maraniss.

Maraniss escribe que durante sus años de estudiante Obama desarrolló “un intenso sentido de misión […] a veces bordeando lo mesiánico”, y que para cuando tenía como objetivo el Despacho Oval, Obama había decidido que “su misión era dejar un legado como presidente de trascendencia”. ¿Lo ha hecho? La respuesta tímida y triplemente evasiva de Maraniss es: “Ahora se está volviendo cada vez más posible sostener que casi consiguió su objetivo”.

Pasados siete años, está claro que Obama ha forjado un legado de gran trascendencia. Pero el aspecto de su presidencia que más cambios ha operado es algo que los progresistas nunca habrían esperado: como presidente, el logro de mayor alcance de Barack Obama ha sido despojar al poder del presidente de hacer la guerra de todos los límites legales que aún quedaban.

El predecesor de Obama insistía en que no necesitaba la aprobación del Congreso para declarar la guerra; pero en cualquier caso en las dos principales guerras que promovió, George W. Bush se aseguró la autorización del Congreso. Para cuando Obama pisó la tarima de Oslo para aceptar el Premio Nobel de la Paz en 2009, nuestro 44º presidente ya había lanzado más ataques con drones que los que “43” había realizado durante sus dos mandatos. Desde entonces, ha llevado a cabo dos guerras no declaradas, y –como presumió Obama en un discurso el año pasado defendiendo el acuerdo con Irán– ha bombardeado no menos de siete países.

En 2011, lo que los oficiales llamaron “una acción militar cinética” en Libia completó el desmantelamiento de la Resolución de Poderes de Guerra a base de adelantar, con éxito, la teoría de que si Estados Unidos bombardea un país que no puede devolverle el golpe, no nos encontramos en situación de “hostilidad” hacia él. En la campaña de drones y en la actual guerra con el Estado Islámico (EI), Obama ha transformado una resolución del Congreso de hace 14 años dirigida contra Al-Qaeda y los talibanes en un cheque en blanco para la guerra sin límites, en cualquier lugar del mundo. El año pasado, el Jefe del Estado Mayor afirmó que completar la lucha contra el EI llevaría “10 o 20 años” más.

El asunto que animó en primer lugar a Obama como estudiante fue “la implacable, muchas veces silenciosa, extensión del militarismo en el país”, como escribió en un artículo para el Columbia University Sundial como estudiante de último curso en 1983. En “Rompiendo la mentalidad belicista”, Obama se mostró preocupado por que el distanciamiento del público de los costes de la guerra provocaba que oponerse a ella se convirtiera en “una tarea difícil”, pero una tarea vital para “sacar a Estados Unidos de la vía muerta” y deshacer “la lógica retorcida de la que formamos parte ahora”.

 “Fue la primera expresión de sus puntos de vista sobre cualquier asunto de política exterior”, escribe James Mann en The Obamians, su relato de 2012 sobre la toma de decisiones en asuntos nacionales por la administración Obama. “Y años más tarde, sus asistentes sintieron que la tenía interiorizada y que era duradera”.

Pero, como presidente, en lugar de “romper con la mentalidad belicista”, Obama la ha institucionalizado.

¿Juzgará la historia con dureza a Obama por ello? Probablemente no. En la cuestión de los legados presidenciales, los juicios de la historia son mezquinos.

Con la excepción de Lyndon Johnson, cuya consideración como presidente ha sufrido por culpa de Vietnam, hacer la guerra raramente daña la reputación histórica de los presidentes. De hecho, lo normal es que les sea favorable.

Obama no debería preocuparse demasiado por ser tratado con displicencia por los historiadores. No sólo ha sido el tipo de presidente guerrero que a muchos de ellos les encanta, sino que además, a base de expandir los poderes presidenciales, también ha otorgado más poderes a los presidentes futuros.

Gene Healy es vicepresidente del Cato Institute y autor de The Cult of the Presidency.

Traducción de Simón Itunberri del artículo President Obama’s Legacy Is Endless War publicado en ‘Time’ el 5 de mayo de 2016.

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