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Francisco (VI): Su concepto de iglesia
© Guillermo Sánchez
www.laexcepcion.com (31 de mayo de 2014)

¿Ha modificado Francisco en algún sentido el concepto católico romano de iglesia? ¿Cómo concibe su papel como papa de la Iglesia Católica?

La gran mayoría de las personas, cuando escuchan o pronuncian la expresión “la Iglesia”, entienden que se hace referencia a la Iglesia Católica Romana (ICR). No sólo en los países de tradición católica, sino en muchos otros, el concepto de iglesia está dominado por la eclesiología romana, concepción que choca frontalmente con la que expone la Biblia.

Francisco ha introducido algunas expresiones y gestos novedosos al hablar de la iglesia, hasta el punto que hay quienes hablan de una “revolución” en la cúpula de esta organización. ¿Se está dando tal revolución? ¿Está Bergoglio introduciendo cambios decisivos con respecto a lo anterior? Estudiémoslo en sus propios hechos y palabras.


La iglesia salva y limpia de pecado

La Biblia repite una y otra vez que el único que salva es Cristo; la iglesia del Nuevo Testamento es una comunidad de fieles (llamados “santos”) que como tales invitan a la humanidad a aceptar a Jesús como Mesías. Pero de ningún modo se dice que sea la iglesia la que salve.

Para Francisco, en consonancia con la doctrina tradicional católica, la iglesia (la suya en concreto) es un medio de salvación: «En cada Iglesia particular “verdaderamente está y obra la Iglesia de Cristo, que es Una, Santa, Católica y Apostólica”. Es la Iglesia encarnada en un espacio determinado, provista de todos los medios de salvación dados por Cristo, pero con un rostro local» (Evangelii Gaudium, 30). «Hoy en día, alguien dice: “Cristo sí, Iglesia no”. Como los que dicen “yo creo en Dios pero no en los presbíteros”. Pero es la Iglesia la que nos lleva a Cristo y nos lleva a Dios» (Zenit, 29.5.13 ; añadimos todos los destacados).

«Dios, en la historia de la salvación, ha salvado a un pueblo. No existe identidad plena sin pertenencia a un pueblo. Nadie se salva solo, como individuo aislado, sino que Dios nos atrae tomando en cuenta la compleja trama de relaciones interpersonales que se establecen en la comunidad humana» (entrevista a A. Spadaro, L'Osservatore Romano, 27.9.13).

«¡Señor, hazme el regalo de morir en casa, en la Iglesia! Pecador sí, ¡todos, todos lo somos! ¡Pero traidores no! ¡Corruptos no! ¡Siempre dentro! Y la Iglesia es tan madre que nos quiere también así, muchas veces sucios, pero la Iglesia nos limpia, ¡es madre!» (Zenit, 6.2.14).


No se puede amar a Jesús fuera de la iglesia jerárquica

Dice Francisco: «Es absurdo pretender vivir con Jesús, amar a Jesús y creer en Jesús, pero sin la Iglesia». Según él, la identidad cristiana «no es un documento de identidad», sino que es «pertenecer a la Iglesia». «Encontrar a Jesús fuera de la Iglesia no es posible. El gran Pablo VI decía que es una dicotomía absurda querer vivir con Jesús sin la Iglesia, seguir a Jesús fuera de la Iglesia, amar a Jesús sin la Iglesia».

Según Jesús, la iglesia es la comunidad de los creyentes: «Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mateo 18: 20). ¿Se refiere Francisco a ese concepto espiritual de iglesia? No, porque él exhortó a los fieles a caminar todos juntos, «llevando el nombre de Jesús en el seno de la Santa Madre Iglesia, jerárquica y católica, como decía san Ignacio de Loyola» (Protestante Digital, 24.4.13).

En una misa privada con jesuitas expuso claramente la tradicional concepción jesuítica de la iglesia: «A la centralidad de Cristo corresponde también la centralidad de la Iglesia: son dos fuegos que no pueden separarse: yo no puedo seguir a Cristo sino en la Iglesia y con la Iglesia. Y también en este caso, nosotros los jesuitas y toda la Compañía, estamos por decirlo así “desplazados”, estamos al servicio de Cristo y de la Iglesia, la Esposa de Cristo nuestro Señor, que es nuestra Santa Madre Iglesia Jerárquica. […] No puede haber caminos paralelos o aislados. […] Es necesaria creatividad, pero siempre en comunidad, en la Iglesia, con esta pertenencia que nos da la valentía de ir adelante. Servir a Cristo es amar esta Iglesia concreta y servirla con generosidad y espíritu de obediencia» (Zenit, 31.7.13).

Es «absurdo amar a Cristo sin la Iglesia, escuchar a Cristo pero no a la Iglesia, seguir a Cristo al margen de la Iglesia». «Cristo y la Iglesia están unidos»,  y «cada vez que Cristo llama a una persona, la lleva a la Iglesia». ¿A qué iglesia? A la suya, pues añade que «es bueno» que un niño «vaya a bautizarse en la Iglesia»,  la «Iglesia madre». «Si cada uno de nosotros tiene la posibilidad y la realidad de abandonar el hogar por un pecado, un error –Dios lo sabe–, la salvación es volver a casa con Jesús en la Iglesia. Son gestos de ternura. Uno por uno, el Señor nos llama así, a su pueblo, dentro de su familia, nuestra madre, la Santa Iglesia» (Zenit, 24.2.14).

En una alocución instó a los católicos chinos a «ser fieles a su Iglesia y al Sucesor de Pedro» (Zenit, 22.5.13). Poco después declaró: «Ser parte de la Iglesia es estar unidos a Cristo y recibir de Él la vida divina que nos hace vivir como cristianos, significa permanecer unidos al papa y a los obispos que son instrumentos de unidad y de comunión» (Zenit, 19.6.13).


La iglesia es “madre”

Francisco se ve a sí mismo como «Pastor de una Iglesia sin fronteras que se siente madre de todos» (Evangelii Gaudium, 210). Repite esta idea de su iglesia como madre a lo largo del documento (14, 139). También la ha desarrollado en otras ocasiones, como en una audiencia en la que concluyó exclamando: «¡Y viva la Santa Madre Iglesia!» (Zenit, 11.9.13).

En cambio, bíblicamente, la iglesia (concebida no como jerarquía, sino como comunidad de los creyentes) es presentada como novia o esposa de Cristo (Isaías 49: 18; 54:6; Apocalipsis 21: 2-9), pero nunca como madre.


¿Crítica al clericalismo?

En la Jornada Mundial del Papa de Brasil, Francisco animó a los jóvenes: «¿Que acá en Río va a haber lío? ¡Va a haber! ¡Pero quiero lío en las diócesis! […] ¡Quiero que la Iglesia salga a la calle! ¡Quiero que nos defendamos de todo lo que sea mundanidad, de lo que sea instalación, de lo que sea comodidad, de lo que sea clericalismo, de lo que sea estar encerrados en nosotros mismos» (Zenit, 25.7.13).

En su discurso ante los obispos de Iberoamérica pronunció estas palabras: «El clericalismo es también una tentación muy actual en Latinoamérica. Curiosamente, en la mayoría de los casos, se trata de una complicidad pecadora: el cura clericaliza y el laico le pide por favor que lo clericalice, porque en el fondo le resulta más cómodo. El fenómeno del clericalismo explica, en gran parte, la falta de adultez y de cristiana libertad en buena parte del laicado latinoamericano» (Religión en Libertad, 28.7.13).

También en Evangelii Gaudium señala que en su iglesia hay un «excesivo clericalismo» que mantiene a los laicos «al margen de las decisiones» (102).

Sin duda hay una autocrítica en estas referencias. ¿Pero hasta donde llega? ¿Ha hecho algo Francisco por rebajar el clericalismo en su iglesia? En realidad, el 871ss.) y en el mitificado Concilio Vaticano II, cuya constitución Lumen Gentium establece una concepción jerárquica de la iglesia (21, 22, 45) y está repleta de clericalismo paternalista (20): los obispos «son en verdad los jefes de los pueblos que gobiernan» y no deben negarse «a oír a sus súbditos, como a verdaderos hijos suyos» (27); los pastores requieren obediencia porque «personifican a Cristo» (37), etcétera.

Para ”defendernos del clericalismo” (según Francisco) habría que modificar de arriba abajo la teología y la estructura de la ICR, cosa que obviamente Bergoglio ni ha hecho ni va a hacer. De hecho, con sus palabras “anticlericales”, parece obvio que el papa busca una mayor implicación de los “laicos” en su iglesia, lo cual lleva a que la sociedad todavía reciba un mayor influjo de esta institución clerical.


Los títulos del papa

Desde el principio ha llamado la atención que Francisco prefiera denominarse a sí mismo con el título “obispo de Roma”. ¿Ha renunciado a los demás títulos papales? ¿Significa esto, como han interpretado algunos, que el papado podría volver a la época previa al absolutismo papal, época en la cual el obispo era el primus inter pares, y su primacía era más honoraria que de autoridad?

Sandro Magister (Chiesa, 23.5.13) explica que en la página 23 de la edición 2013 del Anuario Pontificio Bergoglio figura exclusivamente como “Francisco / obispo de Roma”, y ha suprimido los demás títulos que junto a él exhibían los papas anteriores en esa página. Pero esos títulos aparecen «en la página siguiente, la 24, que en el año 2012 había quedado en blanco». Ahí, Francisco figura como «Vicario de Jesucristo, Sucesor del Príncipe de los Apóstoles, Sumo Pontífice de la Iglesia Universal, Primado de Italia, Arzobispo y metropolitano de la provincia romana, Soberano del Estado de la Ciudad del Vaticano, Siervo de los Siervos de Dios». Un detalle más de cómo Francisco pretende aparentar cambios o reformas, sin llegar a realizarlos.

El propio Bergoglio dejó claro que, a pesar de su preferencia por el título de obispo de Roma, no hay ningún cambio real, y sí un planteamiento estratégico de cara al ecumenismo: «En esto no hay que ir más allá de lo que se dice. El papa es obispo, el obispo de Roma, y porque es el obispo de Roma es el sucesor de Pedro, el Vicario de Cristo. Hay otros títulos, pero el primer título es “Obispo de Roma”, y de allí viene todo. Hablar, pensar que esto quiere decir primus inter pares, no, esto no es el resultado de esto. Simplemente, es el primer título del papa: el Obispo de Roma. Pero también hay otros […]. Creo que esto va a favorecer un poco al ecumenismo. Pero, solo esto...» (Zenit, 30.7.13; ver el análisis de Luis F. Pérez, InfoCatólica, 6.08.13, y Lumen fidei, 7).

Lo mismo explica Gerhard Müller, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, en una entrevista en la que deja clarísimo cómo sigue siendo el papado bajo Francisco: «Jesús ha elegido a los doce Apóstoles como un colegio, como un grupo, como una fraternidad y esto es un ejemplo más para describir el modelo de la relación del Papa con los obispos. El Concilio Vaticano II dice que todos los obispos deben estar unidos al Papa considerándolo como el centro, el principio fundamental de la unidad de la Iglesia. […] Todos los obispos tienen una responsabilidad universal para ser guiados por el Papa, ya que él es el “encarnado” en Jesucristo como el principio central de la unidad de la Iglesia […] No es el ‘primero entre iguales', él es el fundamento, la piedra de la unidad de la Iglesia que Cristo fundó sobre Pedro y su único sucesor es el Obispo de Roma».

Müller reconoce que «muchos cristianos católicos tienen prejuicios, ya sean históricos o por malas experiencias, sobre una supercentralización de la Iglesia en la curia romana. También existen, dentro de la concepción protestante, algunas acusaciones contra el Papa asegurando que él es el anticristo». A ellos, así como a los ortodoxos, les explica que «la unidad de la Iglesia no es sólo una unidad ideal sino real, que se concentra y que se hace visible en la persona del Papa que es el sucesor histórico y teológico de San Pedro como el primero de los apóstoles» (Religión Digital, 26.1.14).


Títulos de los prelados

Otro golpe de efecto de Francisco ha sido “congelar” la concesión de títulos honoríficos, dado que pueden promover el afán de hacer carrera y la vanidad. Pero lo cierto es que se sigue manteniendo el tratamiento blasfemo de “monseñor” (“mi señor”) para quienes sigan ostentando el título de “capellán de su Santidad”. La única limitación es que se reserva a sacerdotes de más de 65 años de edad y ya no, como se hacía hasta ahora, a los mayores de 35 (Zenit, 7.1.14).

Otro cambio cosmético, pues.

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