Encíclica ‘Deus caritas est’: aciertos e incoherencias
© Guillermo Sánchez Vicente
www.laexcepcion.com (15 de febrero de 2005)

Joseph Ratzinger ha demostrado en su primera encíclica como papa, “Dios es amor” (“Deus caritas est”), ser un teólogo de gran bagaje y perspicacia. El texto no sólo está ampliamente salpicado de citas de la Escritura, sino que rezuma en su conjunto una esencia bíblica que es digna de resaltar. Se puede afirmar que el mensaje global de la carta papal responde al concepto bíblico del amor, expuesto además con una precisión envidiable. Ahora bien, es imprescindible analizar críticamente las referencias a la tradición de la Iglesia Católica Romana (ICR), especialmente en la conclusión del documento.

«Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él», afirma la primera carta de Juan (4: 16). Así comienza también la encíclica. Estas palabras, conocidas de memoria por tantos cristianos, «expresan con claridad meridiana el corazón de la fe cristiana», como muy bien señala Benedicto XVI. En torno a esta idea central, expone con maestría una sucesión de principios cristianos en la primera parte (“La unidad del amor en la creación y en la historia de la salvación”).

En primer lugar ve necesario aclarar el concepto de amor, que «se ha convertido hoy en una de las palabras más utilizadas y también de las que más se abusa» (nº 2). Frente a la sobrecarga erótica del término, en el cristianismo hay una «nueva concepción del amor que se expresa con la palabra agapé» (nº 3). Ya en el Antiguo Testamento Dios «en modo alguno rechazó […] el eros como tal, sino que declaró guerra a su desviación destructora, puesto que la falsa divinización del eros que se produce en esos casos [prostitución sagrada, etc.] lo priva de su dignidad divina y lo deshumaniza» (nº 4). «Entre el amor y lo divino existe una cierta relación: el amor promete infinidad, eternidad, una realidad más grande y completamente distinta de nuestra existencia cotidiana. Pero, al mismo tiempo, se constata que el camino para lograr esta meta no consiste simplemente en dejarse dominar por el instinto. Hace falta una purificación y maduración, que incluyen también la renuncia» (nº 5).


Cuerpo humano y eros

En este punto Ratzinger destaca la concepción unitaria del hombre desarrollada en la Biblia: «Ni la carne ni el espíritu aman: es el hombre, la persona, la que ama como criatura unitaria» (nº 5). Pero desgraciadamente no evita incurrir en el dualismo característico de la doctrina católica; de hecho afirma que el hombre «está compuesto de cuerpo y alma» [añadimos destacados en varias citas de la encíclica y de la Biblia], cuando todo el pensamiento bíblico insiste en la unicidad de estas dimensiones. E incurre en el error de identificar el concepto paulino de “carne” con el cuerpo, cuando en Pablo la carne son las tendencias contrarias al Espíritu de Dios, sean éstas somáticas o psíquicas (ver p. ej. Romanos 7: 5-14; Gálatas 5: 19-21). Afirma el papa que «la fe cristiana […] ha considerado siempre al hombre como uno en cuerpo y alma», pero olvida que la tradición católica (reivindicada explícitamente como fuente de autoridad en el nº 2) otorga preeminencia a la dimensión “espiritual” (ver Dualismo antropológico griego y judeocristianismo y la “Cita teológica” del Dossier Ratzinger).

Dice Benedicto XVI: «Hoy se reprocha a veces al cristianismo del pasado haber sido adversario de la corporeidad y, de hecho, siempre se han dado tendencias de este tipo» (nº 5). Pero son más que «tendencias» que puedan aflorar «a menudo» (nº 7); es la doctrina oficial católica de desprecio de lo corpóreo, doctrina que no ha sido superada (como el papa estaría dando a entender). Todo lo contrario: se mantiene el celibato obligatorio para sacerdotes y “religiosos”, se acentúa la función reproductiva del acto sexual, se prohíben los métodos anticonceptivos…

Mucho más acertado se muestra cuando comenta: «El eros, degradado a puro “sexo”, se convierte en mercancía, en simple “objeto” que se puede comprar y vender; más aún, el hombre mismo se transforma en mercancía. […] En realidad, nos encontramos ante una degradación del cuerpo humano, que ya no está integrado en el conjunto de la libertad de nuestra existencia, ni es expresión viva de la totalidad de nuestro ser, sino que es relegado a lo puramente biológico. La aparente exaltación del cuerpo puede convertirse muy pronto en odio a la corporeidad» (nº 5).

Es tan directo el lenguaje sensual del libro bíblico del Cantar de los Cantares, que ha sido interpretado tradicionalmente en clave alegórica. Ratzinger, en cambio, sin rechazar su dimensión mística (nº 9), reivindica la lectura literal del libro, como expresión del amor conyugal en el que la experiencia del amor «ahora ha llegado a ser verdaderamente descubrimiento del otro». Algunas de sus frases son magníficas: «Ya no se busca a sí mismo, sumirse en la embriaguez de la felicidad, sino que ansía más bien el bien del amado: se convierte en renuncia, está dispuesto al sacrificio.» «El amor es “éxtasis”, pero no en el sentido de arrebato momentáneo, sino como camino permanente» (nº 6). No menos interesantes son las reflexiones sobre eros y agapé como “amor ascendente” y “amor descendente” (nº 7), pero complementarios y correlativos: «La fe bíblica no construye un mundo paralelo o contrapuesto al fenómeno humano originario del amor, sino que asume a todo el hombre, interviniendo en su búsqueda de amor para purificarla, abriéndole al mismo tiempo nuevas dimensiones» (nº 8).

Por supuesto, en la encíclica se defiende el eros como despliegue del amor en el matrimonio monógamo (nº 11) y heterosexual (ver La polémica sobre el matrimonio homosexual).

A pesar del acierto en el enfoque del tema del amor, hay en la encíclica algunas insuficiencias y omisiones, como el «no dejar constancia de que esa capacidad de que el amor de Dios se encarne en el hombre pasa, necesariamente, por una experiencia de conversión (“separados de mí nada podéis hacer”, Jn. 15:5), a la que no se alude en ningún momento» (ver Una lectura rápida en torno a la primera encíclica de Benedicto XVI: "Deus caritas est" de Máximo García Ruiz).


El amor al prójimo

Es cierto, como señala el documento, que el amor es entrega, y «Jesús ha perpetuado este acto de entrega mediante la institución de la Eucaristía durante la Última Cena» (nº 13). Ahora bien, en la iglesia del Nuevo Testamento la santa cena no implica el sacrificio de Jesús ofrecido como «actualización en el Sacramento» (nº 14), tal como lo concibe la Iglesia Católica Romana. Pues Cristo «se presentó una sola vez para siempre, para quitar el pecado, por medio del sacrificio de sí mismo» (Hebreos 7: 26). El sacramentalismo está presente en toda la encíclica (ver nos 17, 19 y 21), si bien Benedicto XVI no olvida la dimensión comunitaria de la ceremonia: «No puedo tener a Cristo sólo para mí; únicamente puedo pertenecerle en unión con todos los que son suyos o lo serán. La comunión me hace salir de mí mismo para ir hacia Él, y por tanto, también hacia la unidad con todos los cristianos» (nº 14).

Otro error consiste en confundir la oración colectiva con lo que la ICR entiende como “liturgia” (nos 17 y 21), que no es más que un compendio de ritos y formalismos muy alejados del culto de la iglesia primitiva.

El amor al prójimo, en cambio, aparece expuesto con gran acierto: En el cristianismo «se universaliza el concepto de prójimo, pero permaneciendo concreto». En la gran parábola del juicio final de Mateo 25: 31-46, «el amor se convierte en el criterio para la decisión definitiva sobre la valoración positiva o negativa de una vida humana. Jesús se identifica con los pobres» (nº 15), pues «el amor del prójimo es un camino para encontrar también a Dios» (nº 16).

Es muy interesante que Ratzinger insista en aclarar que el amor es ante todo un principio vital: «El amor no es solamente un sentimiento. Los sentimientos van y vienen. Pueden ser una maravillosa chispa inicial, pero no son la totalidad del amor». «Éste es un proceso que siempre está en camino: el amor nunca se da por “concluido”». Desde el punto de vista cristiano «nuestro querer y la voluntad de Dios coinciden cada vez más: la voluntad de Dios ya no es para mí algo extraño que los mandamientos me imponen desde fuera, sino que es mi propia voluntad». De este modo se consigue lo que sin Cristo parecería imposible: «en Dios y con Dios, amo también a la persona que no me agrada o ni siquiera conozco» (nº 17).


Iglesia y estado

En la segunda parte (“Caritas. El ejercicio del amor por parte de la iglesia como ‘comunidad de amor’”) se trata de aplicar estos principios a la práctica comunitaria y, sobre todo, social de la iglesia. Hay consideraciones que, aunque el autor las aplica a su iglesia, son dignas de tener en cuenta por las iglesias cristianas en general.

Se parte de la idea de que «también la Iglesia en cuanto comunidad ha de poner en práctica el amor. En consecuencia, el amor necesita también una organización, como presupuesto para un servicio comunitario ordenado» (nº 20). Los precedentes bíblicos del libro de los Hechos de los Apóstoles están correctamente expuestos. Luego Ratzinger alude a la tradición caritativa de los monasterios (nº 23). No cabe duda de que muchos monjes y monjas han cumplido a lo largo de la historia y desempeñan hoy una importante labor social y de servicio; es cierto que gran parte de ellos se han inspirado en los valores evangélicos para ayudar al prójimo. Pero no hay que olvidar que la institución del monacato no está basada en el mandato de Jesús ni en la práctica apostólica, y que además presenta desde sus inicios algunas tendencias que difícilmente se pueden compatibilizar con el cristianismo genuino: el aislamiento colectivo y permanente del mundo, concretado en prácticas como la clausura; la estructuración jerárquica de sumisión de la conciencia al superior; y la organización de los monasterios (durante las edades Media y Moderna, fundamentalmente) como centro económico integrado en la estructura feudal de la sociedad y por tanto en un sistema de explotación.

La encíclica se pronuncia a favor de la separación de la iglesia y el estado: «Es propio de la estructura fundamental del cristianismo la distinción entre lo que es del César y lo que es de Dios (cf. Mt 22, 21), esto es, entre Estado e Iglesia o, como dice el Concilio Vaticano II, el reconocimiento de la autonomía de las realidades temporales» (nº 28). Según esta afirmación, cualquier enseñanza opuesta a ésta contradiría la estructura fundamental del cristianismo; de modo que, siguiendo la propia lógica del papa, no cabe más que concluir que la doctrina oficial de la ICR a lo largo de su historia (que fue precisamente la de la sumisión del estado a la Iglesia Católica) es anticristiana. Además, el Concilio Vaticano II afirmó la separación de los ámbitos de actuación, pero ni aquel acontecimiento ni el magisterio posterior han descalificado jamás la enseñanza constantiniana tradicional

El análisis de las relaciones entre iglesia y estado que presenta la encíclica es aceptable desde el punto de vista democrático y bíblico: «La Iglesia no puede ni debe emprender por cuenta propia la empresa política de realizar la sociedad más justa posible. No puede ni debe sustituir al Estado. Pero tampoco puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia. Debe insertarse en ella a través de la argumentación racional y debe despertar las fuerzas espirituales». «La sociedad justa no puede ser obra de la Iglesia, sino de la política» (nº 28). El problema es que la práctica del papado lo contradice permanentemente. Según Ratzinger, «la doctrina social católica: no pretende otorgar a la Iglesia un poder sobre el Estado. Tampoco quiere imponer a los que no comparten la fe sus propias perspectivas y modos de comportamiento» (ibíd.). En cambio el Vaticano presiona permanentemente a los estados donde su iglesia es mayoritaria a conformar las leyes a su concepción del mundo (para el caso español, ver Doblegando al estado y La polémica sobre el matrimonio homosexual). Y ello se debe a que pretenden tener la última palabra sobre «la razón y el derecho natural, es decir, […] lo que es conforme a la naturaleza de todo ser humano» (ibíd.). Sin olvidar, por supuesto, que el Vaticano es un estado, con forma de monarquía absoluta con pretensiones teocráticas y con una intensísima acción política mediante su inmensa red de nuncios, delegados, diplomáticos y concordatos.

Además Ratzinger afirma que iglesia y estado «son dos esferas distintas, pero siempre en relación recíproca» (nº 28), pero no llega a precisar bien el alcance de esa reciprocidad. Por otro lado, no hay que olvidar que cuando el papado habla de “iglesia” se refiere exclusivamente a la suya; de hecho la encíclica distingue claramente entre la ICR y «otras Iglesias y Comunidades eclesiales» (nº 30). Recordemos la polémica suscitada por este lenguaje cuando ya como cardenal publicó la declaración “Dominus Iesus” (ver Ecumenismo y autoridad).

Con descaro afirma la encíclica que la ICR «sabe que no es tarea de la Iglesia el que ella misma haga valer políticamente esta doctrina [social de la Iglesia]: quiere servir a la formación de las conciencias en la política y contribuir a que crezca la percepción de las verdaderas exigencias de la justicia», pese a que lo habitual es que la ICR vaya mucho más allá de estos límites. Y cuando se dice que «la Iglesia tiene el deber de ofrecer, mediante la purificación de la razón y la formación ética, su contribución específica, para que las exigencias de la justicia sean comprensibles y políticamente realizables» (ibíd.), hay que recordar a Benedicto XVI que su iglesia puede sentir que tiene ese deber, pero el estado no tiene el deber de aceptar su ofrecimiento, como ellos pretenden.


Justicia social

Especialmente interesante es la argumentación con que Benedicto XVI expone la llamada “doctrina social de la Iglesia”. Tras establecer el principio de que «la parábola del buen Samaritano sigue siendo el criterio de comportamiento», recuerda cómo «desde el siglo XIX se ha planteado una objeción contra la actividad caritativa de la Iglesia, desarrollada después con insistencia sobre todo por el pensamiento marxista. Los pobres, se dice, no necesitan obras de caridad, sino de justicia» pues «en vez de contribuir con obras aisladas de caridad a mantener las condiciones existentes, haría falta crear un orden justo, en el que todos reciban su parte de los bienes del mundo y, por lo tanto, no necesiten ya las obras de caridad» (nº 25).

Ratzinger reconoce que «en esta argumentación hay algo de verdad, pero también bastantes errores» (nº 26). También admite que «los representantes de la Iglesia percibieron sólo lentamente que el problema de la estructura justa de la sociedad se planteaba de un modo nuevo» con la revolución industrial (nº 27). Autocrítica ésta muy benévola, dado que excluye la revisión de la acción social católica anterior al siglo XIX (que aparece idealizada en el texto), y dado que precisamente la secuencia de textos magisteriales con sensibilidad social iniciada por León XIII estuvo precedida por el absolutismo antiliberal y totalitario de Pío IX (recientemente “beatificado” por Juan Pablo II), del cual la institución papal jamás ha renegado. En este contexto, se apuntan las pretensiones de influencia global de la ICR cuando se dice que «a causa también de la globalización de la economía, la doctrina social de la Iglesia se ha convertido en una indicación fundamental, que propone orientaciones válidas mucho más allá de sus confines» (ibíd.). Efectivamente, no hay más que observar la acción del papado hoy para comprobar cómo avanzan sus pretensiones de hegemonía moral en todo el mundo (ver Ecumenismo y autoridad).

Ratzinger critica que se deposite toda la esperanza en la consecución de una sociedad justa. No porque ésta no sea deseable, sino porque la satisfacción de las necesidades materiales del hombre, aun siendo fundamental y necesaria, es insuficiente. Critica la “teoría del empobrecimiento”, según la cual «quien en una situación de poder injusto ayuda al hombre con iniciativas de caridad […] se pone de hecho al servicio de ese sistema injusto». Califica este planteamiento de «filosofía inhumana», mediante la que «el hombre que vive en el presente es sacrificado al Moloc del futuro, un futuro cuya efectiva realización resulta por lo menos dudosa» (nº 31). Esta frase genial es una excelente respuesta a uno de los postulados fundamentales de la Teología Liberación y sus aledaños ideológicos, a los que tanto ha combatido Ratzinger desde la Curia de Juan Pablo II (con métodos, por cierto, totalitarios: ver Reagan, Wojtyla y la Santa Alianza). Es comprensible el malestar que han provocado estos pasajes de la carta entre estos sectores. Claro que los fundamentalistas del capitalismo, muchos de los cuales están cada vez más cerca del papado (tal es el caso de la Brigada Antiprogre y sus tentáculos), bien que han aprovechado estos análisis para hablar del «monstruoso aparato redistributivo del “Estado de Bienestar”» y para despreciar la justicia social (Juan Ramón Rallo en Libertad Digital/Iglesia, 1.2.06).

Con toda razón afirma que «a un mundo mejor se contribuye solamente haciendo el bien ahora y en primera persona, con pasión y donde sea posible, independientemente de estrategias y programas de partido. El programa del cristiano —el programa del buen Samaritano, el programa de Jesús— es un “corazón que ve”» (ibíd.). «El amor —caritas— siempre será necesario, incluso en la sociedad más justa», pues «siempre habrá sufrimiento que necesite consuelo y ayuda. Siempre habrá soledad. Siempre se darán también situaciones de necesidad material en las que es indispensable una ayuda que muestre un amor concreto al prójimo. El Estado que quiere proveer a todo, que absorbe todo en sí mismo, se convierte en definitiva en una instancia burocrática». De ahí que «la afirmación según la cual las estructuras justas harían superfluas las obras de caridad, esconde una concepción materialista del hombre: el prejuicio de que el hombre vive “sólo de pan” (Mt 4, 4; cf. Dt 8, 3), una concepción que humilla al hombre e ignora precisamente lo que es más específicamente humano» (nº 28). Esto es precisamente lo que quiso destacar Jesús en un texto que no se cita en la encíclica: «A los pobres los tendréis siempre con vosotros» (Mateo 26: 11), no porque fuera su programa social, sino como constatación de las sombrías perspectivas del “progreso” humano (ver ¿Fin del optimismo humanista?).

Ahora bien, cuando leemos que «la actividad caritativa cristiana ha de ser independiente de partidos e ideologías. No es un medio para transformar el mundo de manera ideológica y no está al servicio de estrategias mundanas» (nº 31), no podemos dejar de pensar que el papado ha actuado y sigue actuando de forma opuesta a estas palabras.

Finalmente, Ratzinger reflexiona sobre el modo de conducirse del cristiano en el ámbito social: ha de hacerse con competencia profesional y con humildad, pues «él no es más que un instrumento en manos del Señor; se liberará así de la presunción de tener que mejorar el mundo —algo siempre necesario— en primera persona y por sí solo» (nº 35). También reivindica la oración como eje fundamental de la acción del cristiano (nº 36), pues «la familiaridad con el Dios personal y el abandono a su voluntad impiden la degradación del hombre, lo salvan de la esclavitud de doctrinas fanáticas y terroristas. Una actitud auténticamente religiosa evita que el hombre se erija en juez de Dios, acusándolo de permitir la miseria sin sentir compasión por sus criaturas» (nº 37).

Como rasgo negativo hay que destacar que la encíclica refleja la eclesiología tradicional católica, organizada como «estructura episcopal» basada en la jerarquía, en la que se distingue nítidamente entre «los obispos, como sucesores de los Apóstoles» y los «fieles laicos», quienes «como ciudadanos del Estado, están llamados a participar en primera persona en la vida pública» (nº 29). Es obvio que el clero romanista se considera a sí mismo en una esfera diferente a la de un simple “ciudadano del estado”.

La sección culmina recordando la esperanza cristiana: «No obstante las oscuridades, al final vencerá Él, como luminosamente muestra el Apocalipsis. […] El amor es una luz —en el fondo la única— que ilumina constantemente a un mundo oscuro y nos da la fuerza para vivir y actuar. El amor es posible, y nosotros podemos ponerlo en práctica porque hemos sido creados a imagen de Dios» (nº 39). (Para una síntesis de la escatología de Jesús, ver nuestra reseña al libro de Marina Por qué soy cristiano)


Una conclusión sorprendente

Pero no acaba aquí la carta. Culmina ésta con una “Conclusión” un tanto sorprendente (pero previsible para quienes conocen la teología papal). Esperaríamos una recapitulación sobre el tema del amor, pero lo que nos encontramos es la aplicación doctrinal que el autor hace de las ideas expuestas. Y aquí el carácter cristocéntrico de la encíclica se viene abajo para presentar un panorama de exaltación de los “santos” y, sobre todo, de María. Tras recordar algunos ejemplos (entre los que incluye al exaltado contrarreformista Ignacio de Loyola), afirma: «Los Santos son los verdaderos portadores de luz en la historia, porque son hombres y mujeres de fe, esperanza y amor» (nº 40). Algo que no dejaría de ser cierto si el concepto de “santos” de Ratzinger fuera el bíblico: santos son todos los cristianos, todos los seguidores de Jesús (ver Hechos 9: 13, 32; Romanos 12: 13; 16: 15, etc.), y no una categoría especial y destacada de personas, dotadas de virtudes extraordinarias y rasgos míticos (curiosamente, en el nº 23 se duda de la «fiabilidad histórica» de algunos «detalles» de la vida de San Lorenzo).

Entre estos santos, según el papa, «sobresale María, Madre del Señor y espejo de toda santidad» (nº 41). Ciertamente, todo cristiano contempla en María a un personaje entrañable del Nuevo Testamento, inspiradora por su actitud de «no ponerse a sí misma en el centro, sino dejar espacio a Dios» (ibíd.). Pero el papel que le asigna la ICR es absolutamente desproporcionado y erróneo. Benedicto XVI reivindica la función salvífica de María (una de las consignas de su predecesor): «Sabe que contribuye a la salvación del mundo, no con una obra suya, sino sólo poniéndose plenamente a disposición de la iniciativa de Dios» (ibíd.). Sintoniza así con los destacados sectores de su iglesia que defienden la definición dogmática de María como corredentora de la humanidad (sería el “quinto dogma mariano”). En 1984, como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el cardenal Ratzinger afirmaba: «Ya se encuentra adecuadamente propuesta en los diversos documentos del Magisterio de la Iglesia, la doctrina sobre la mediación universal de María Santísima» (La Razón, 7.4.04).

Ratzinger cita varios textos bíblicos que aluden a María, interpretándolos de tal modo que vienen a decir lo contrario de lo que los propios textos y su contexto indican. (No entraremos aquí a desarrollar este punto, pero remitimos al interesante estudio de Samuel Vila El culto a la Virgen María). Y concluye invocándola: «María, la Virgen, la Madre, nos enseña qué es el amor y dónde tiene su origen, su fuerza siempre nueva. A ella confiamos la Iglesia, su misión al servicio del amor: […] Muéstranos a Jesús. Guíanos hacia Él. Enséñanos a conocerlo y amarlo, para que también nosotros podamos llegar a ser capaces de un verdadero amor y ser fuentes de agua viva en medio de un mundo sediento» (nº 42).

Lo llamativo de la encíclica es que, tras una excelente exposición sobre el amor, la conclusión da un giro teológico para, de forma sintética pero relativamente extensa, insertar una mariología que lejanamente se podría asociar al tema del documento. Las últimas reflexiones, incluso la última oración, no están dirigidas a Cristo o a Dios Padre, sino a María. La importancia de este mensaje es notable, por varias razones. En primer lugar, consolida la dogmática tradicional católica romana. La encíclica ha sido en general bien recibida, incluso por los católicos más aperturistas. Es comprensible, en la medida en que Ratzinger bebe de algunas aportaciones de la teología moderna, al introducir en su texto un enfoque más bíblico de lo habitual (por ejemplo, en cuestiones como la visión del cuerpo). Pero la conclusión deja claro que este espíritu bíblico en absoluto alcanzará la mariología, una parte de la teología romanista que viene apartándose cada vez más de la visión evangélica (recordemos que los dogmas de la “Inmaculada Concepción” –1854– y de la asunción –1950– son relativamente recientes; y que el Concilio Vaticano II no renovó en absoluto las enseñanzas sobre María).

En segundo lugar, hace años que viene potenciándose la figura de María como uno de los ejes del ecumenismo papal, lo cual no deja de ser sorprendente, dado que la posición protestante sobre la madre de Jesús ha sido siempre un distintivo evangélico irreconciliable con la doctrina católica. Hoy, en cambio, es uno más de los ámbitos en los que las iglesias protestantes retroceden ante la firmeza dogmática de Roma (ver Ecumenismo cristiano). Es más, María se perfila también como posible vínculo religioso entre “la cristiandad” y el islam (ver Los hijos de Abrahán).

El propio papa ha querido vincular su encíclica con el llamado “empeño ecuménico”. Días antes de publicarla declaró que el tema de la carta «no es directamente ecuménico, pero el marco y el telón de fondo son ecuménicos, pues Dios y nuestro amor son la condición de la unidad de los cristianos. Son la condición de la paz en el mundo« (Zenit, 18.1.06). Y al clausurar la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos expresó su deseo de que la encíclica contribuya a la unidad, sin olvidar que «al servicio de esa unidad de amor se encuentra la Iglesia de Roma que, según la expresión de san Ignacio de Antioquia, "preside en la caridad"» y dejando clara la necesaria dirección de «mi particular ministerio petrino» (Zenit, 26.1.06).

Muchos se han visto sorprendidos gratamente por que la primera encíclica de Ratzinger tratara el tema del amor. Reconocen que esperaban un documento con normas y restricciones, de tono más autoritario, como correspondería a quien ha sido calificado como “Gran Inquisidor” o “rottweiler de Dios” (¡¡!!). Los gestos amables y pastorales que desde su acceso al trono viene prodigando Benedicto XVI, parecerían compensar sus actuaciones como Panzerkardinal. Por supuesto, sus defensores más acérrimos aprovechan la sorpresa causada por la encíclica para celebrar el modo en que Benedicto XVI ha desarmado a los críticos que esperaban un papa fundamentalista.

Pero el Vaticano sigue siendo el Vaticano, el papado sigue siendo el papado y Benedicto XVI sigue siendo el Ratzinger que gobierna con mano dura su iglesia (como en la reciente reorganización de la orden de los franciscanos), que teoriza sobre la “guerra justa” tras el 11-S, que quiere revisar la interpretación aperturista del Concilio Vaticano II y recuperar el espíritu de Trento, que reclama la presencia de la religión en las instancias políticas europeas o que apoya a Bush en las elecciones estadounidenses (ver el Dossier Ratzinger). Quien conoce el papado debería saber de su habilidad para dar una de cal y otra de arena, para dosificar sus gestos autoritarios y conciliadores, para ofrecer en cada momento la imagen más adecuada a su estrategia de supremacía espiritual y de poder temporal.

A pesar de todo lo cual la encíclica contiene, como ya hemos destacado, interesantísimas reflexiones sobre el amor desde una perspectiva bíblica y filosófica.

Para escribir al autor: guillermosanchez@laexcepcion.com
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