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¿Es malo el anticlericalismo?
© Guillermo Sánchez
www.laexcepcion.com (2 de septiembre de 2011)

Bien por ignorancia, bien por interés, frecuentemente se confunde anticlericalismo con antirreligiosidad.

El Diccionario de la Real Academia Española (DRAE) ofrece dos acepciones para el término "anticlericalismo": «Doctrina o procedimiento contra el clericalismo» y «animosidad contra todo lo que se relaciona con el clero». Aun contemplando la segunda, no debe confundirse lo anticlerical con lo antirreligioso, pues se puede rechazar lo relacionado con el clero (pequeña minoría en cualquier confesión religiosa), pero aceptar abiertamente a los laicos (inmensa mayoría), así como muchos otros aspectos de la religión: la espiritualidad, la ética, el arte, los valores… El anticlericalismo, por tanto, no implica antirreligiosidad.

Más interesante es la primera definición: «Doctrina o procedimiento contra el clericalismo». Para analizarla, consideremos las acepciones de "clericalismo": «Influencia excesiva del clero en los asuntos políticos», «intervención excesiva del clero en la vida de la Iglesia, que impide el ejercicio de los derechos a los demás miembros del pueblo de Dios» y «marcada afección y sumisión al clero y a sus directrices». Efectivamente, hasta el DRAE, cargado de confesionalismo católico en muchas de sus definiciones (véase la segunda), ofrece una visión negativa de cualquier forma de clericalismo. Porque el clericalismo es siempre dañino, y lo es especialmente desde una perspectiva cristiana.

Jesús de Nazaret fue el primer anticlerical, no en la segunda acepción (su rechazo del mal nunca degeneró en animosidad y su relación con el clero no siempre fue de enfrentamiento), pero sí en la primera, y radicalmente. Los clérigos de la época (los principales sacerdotes del templo de Jerusalén) y sus acólitos laicos, pero clericales y poderosos (entre ellos, fariseos, escribas, ancianos, saduceos…), le hostigaban, le envidiaban, no le soportaban, le ponían trampas (Mateo 21) y «le tenían miedo, por cuanto todo el pueblo estaba admirado de su doctrina» (Marcos 11: 18); fueron quienes finalmente le llevaron a la muerte (Mateo 26-27).

Una de sus afirmaciones más anticlericales fue: «Sabéis que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que son grandes ejercen sobre ellas potestad. Pero entre vosotros no será así, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo» (Mateo 20: 25-27). Este discurso contrario al poder no sólo se aplica a las relaciones entre creyentes, sino que contiene una profunda carga crítica hacia cualquier forma de sometimiento de unos hombres hacia otros (incluyendo el poder político). En ese sentido, Jesús es un antisistema, entendido el término en su acepción más noble.

Sus más duros y amargos reproches fueron contra los clericales. Mateo 23 ofrece un impresionante retrato del clericalismo de entonces. Propongo leerlo teniendo en mente a los clericales de hoy: «Atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de los hombres; pero ellos ni con un dedo quieren moverlas. Antes bien, hacen todas sus obras para ser vistos por los hombres, […] aman los primeros asientos en las cenas, las primeras sillas en las sinagogas, las salutaciones en las plazas y que los hombres los llamen: "Rabí, Rabí" [maestro]. Pero vosotros no pretendáis que os llamen "Rabí", porque uno es vuestro Maestro, el Cristo, y todos vosotros sois hermanos. Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque uno es vuestro Padre, el que está en los cielos. […] El que es el mayor de vosotros sea vuestro siervo […]. Cerráis el reino de los cielos delante de los hombres, pues ni entráis vosotros, ni dejáis entrar a los que están entrando. […] Devoráis las casas de las viudas, y como pretexto hacéis largas oraciones; por esto recibiréis mayor condenación. Recorréis mar y tierra para hacer un prosélito y, cuando lo conseguís, lo hacéis dos veces más hijo del infierno que vosotros. […] Diezmáis la menta, el anís y el comino, y dejáis lo más importante de la Ley: la justicia, la misericordia y la fe. Esto era necesario hacer, sin dejar de hacer aquello. ¡Guías ciegos, que coláis el mosquito y tragáis el camello! […] Limpiáis lo de fuera del vaso y del plato, pero por dentro estáis llenos de robo y de injusticia. […] Sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera, a la verdad, se muestran hermosos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia. Así también vosotros por fuera, a la verdad, os mostráis justos a los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía e iniquidad.»

Jesús también es anticlerical porque inaugura un nuevo orden de relaciones en el cuerpo de creyentes, en la que cualquier diferencia espiritual que pudiera haber entre el clero y los laicos se diluye. Es más, en la iglesia del Nuevo Testamento desaparece el sistema sacerdotal del templo, y por tanto se extingue el clero mismo (no tardaría en resurgir, y con gran poder, en el seno de una iglesia ya apóstata, como ocurrió con tantas aberraciones anticristianas más). El término griego kleros significa "parte", "herencia", "suerte", y nunca se usa para designar a un grupo de hermanos diferenciado de los demás. Y aunque el término 'laico' no aparece en la Escritura, se desprende de ella que en realidad todos los cristianos somos laicos, incluidos los ministros religiosos, pues 'laico' procede del griego laós (pueblo), palabra que figura en numerosos pasajes donde siempre designa al conjunto de los fieles, y no sólo a los que no son ministros (Romanos 9: 26; Hebreos 2: 17, etc.).

Jesús también es el primer laicista. Según el DRAE, el laicismo es la «doctrina que defiende la independencia del hombre o de la sociedad, y más particularmente del Estado, respecto de cualquier organización o confesión religiosa». Jesús no defendió la desvinculación del hombre respecto a la organización religiosa de su tiempo (Mateo 5: 23-24; 8: 4, etc.), y él mismo estableció normas para la organización de los creyentes (Mateo 18:15-17). Pero no sólo él y sus apóstoles no reclamaron jamás que una confesión religiosa organizara la sociedad, sino que también defendieron claramente la separación de los ámbitos religioso y político. Recuérdese su famosa afirmación: «Dad, pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios» (Mateo 22: 21; ver también 2 Corintios 6: 14-17). Máxima que, por cierto, suele ser esgrimida por los clérigos para pedir que a ellos se les dé “lo que es de Dios” (como si ellos fueran Dios…), o para exigir que el conjunto de la sociedad se someta al estado en los asuntos civiles, y a ellos en los “espirituales”, en un obsceno reparto de “cuerpos” y “almas”, tan frecuente a lo largo de la historia. Para colmo, en la práctica quieran también para ellos la sumisión civil… o sea, tanto los cuerpos como las almas.

Desde el punto de vista bíblico, la libertad comprende dos planos: en primer lugar, el plano personal, en el que la libertad plena y profunda se logra aceptando a Cristo: «Si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres» (Juan 8: 36). Pero esta libertad sólo se puede alcanzar por convicción personal, pues el cristianismo verdadero es por naturaleza opuesto a toda imposición. Por eso, previa a esta libertad fruto de la conversión, está la libertad de elección, que afecta también al plano social. En coherencia con ello, Jesús defendió la libertad de conciencia, quizá no en los términos del derecho moderno, pero sí con gran claridad. No puso condiciones a aquellos que le pedían que les ayudara, aunque fueran paganos (Mateo 8: 5-13) y señaló la imposición de la fe por la fuerza como algo satánico (Lucas 9:51-56). Siempre dejó que sus discípulos le siguieran libremente (Juan 6: 67; Marcos 10: 17-22) y ofreció el bautismo como una opción personal y soberana (Marcos 16: 16).

Tristemente, algunos "laicistas" dirigen en ocasiones sus ataques no sólo contra el clericalismo y la opresión, sino también contra los creyentes en general o contra manifestaciones de la religión que no suponen una imposición al conjunto de la sociedad. Una de las causas de esta actitud son los siglos de dominio eclesiástico, que, con su identificación "cristianismo = clericalismo", han consolidado ideas falsas, como que el cristianismo es opresivo, y han favorecido un clima de ignorancia en cuestiones religiosas (una de las excepciones españolas: el anticlericalismo cristiano de Machado). Por eso, el laicismo que degenera en antirreligiosidad en realidad ejerce miméticamente un afán de imposición similar al que combate, pone en bandeja a los clericales la oportunidad de avivar su victimismo, favorece la estigmatización del laicismo genuino (ver un ejemplo característico), y ofrece excusas fáciles a quienes califican de "odio a la fe" o "persecución" a cada mínima crítica al clericalismo, la unión iglesia-estado o el confesionalismo.

Para defender la libertad de conciencia de todos es indispensable comprender el sentido y la naturaleza del anticlericalismo y del laicismo auténticos, a fin de no caer en ninguno de los extremos impositivos: el clericalismo o la antirreligiosidad.

Para escribir al autor: guillermosanchez@laexcepcion.com
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