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15-M: Dignidad, fraternidad y ejemplaridad
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www.laexcepcion.com (30 de julio de 2011).

«Yo creo que, poco a poco, el movimiento [15-M] se va extinguiendo.»
(Fernando Santiago, tertuliano de la Cadena Ser, domingo 24 de julio por la mañana)

Los hay que dan por muerto al 15-M, o poco menos. Quizá traduciendo deseos inconfesables, aunque sólo unas horas después millares de indignados vuelvan a marchar, en pleno verano, por las calles de Madrid. Y con un lema central nítidamente antisistémico ("No es una crisis, es el sistema"). Lo que no excluye que los "agoreros" tengan parte de razón. Como decía recientemente Isaac Rosa, sincero partidario del 15-M, hasta ahora el movimiento español por la dignidad no está demostrando ser «una respuesta proporcional a la gravedad del momento». Tampoco numéricamente, desde luego. «Nos estamos jugando mucho –añade Rosa–, podemos perder muchas cosas, pero parece que estamos a verlas venir.»

En el plano de los objetivos, cabe echar igualmente de menos esa proporcionalidad. Como ya dijimos, la visión debería ser más global. No sólo en lo geográfico, también en lo temático. Hay problemas tan graves como fundamentales que parecen olvidados o, en el mejor de los casos, marginados. Por ejemplo, las guerras de agresión imperiales, reflejo de un statu quo internacional terrorífico y dispuesto, además, a impedir cualquier serio avance social. Hay que subrayar una y otra vez que los que promueven esas guerras son los mismos que hunden las economías nacionales para satisfacer su afán de lucro y de poder, y los mismos que usan como marionetas a los políticos beneficiarios del injusto sistema electoral español.

No se trata de pedir demasiado al 15-M. Somos conscientes de que hay que ir poco a poco y siempre con los pies en el suelo. Ahora bien, justo por esto último, urge comprender la verdadera naturaleza del enemigo sistémico, condición inexcusable para encarar sus atropellos. Esa comprensión de la madeja de intereses globales ayudaría además a abordar asuntos tan sangrantes como la nueva hambruna del Cuerno de África, ante la cual se relativizan los problemas de nuestra sociedad por graves que sean. Y evitaría una solidaridad con los acampados "israelíes", cuya rebeldía se centra en la carestía de la vivienda, si antes no se les exige que denuncien las condiciones de vida de los palestinos en el estado sionista, sin duda un problema más perentorio.

En cuanto a la continuidad del 15-M, no hay que preocuparse demasiado. Por desgracia, el Sistema seguirá dándonos razones para la indignación. Y además no debiera importarnos tanto la cantidad de indignados como su calidad humana y la de su lucha. A ello dedicamos el resto de este artículo.


Dignidad humana

La dignidad, en un sentido esencial, es lo que hace al ser humano titular de derechos inalienables e imprescriptibles, sean cuales sean sus circunstancias (p. ej., las de éste). Derechos inherentes a él o a ella como personas.

En un sentido pragmático, la dignidad es también la forma de conducirse acorde con esos derechos: los propios y los ajenos. Respecto a estos últimos –en realidad también respecto a los propios–, se derivan además unos deberes. La dignidad así entendida implica un coraje en la defensa de la justicia y un saber estar a la altura de las circunstancias y exigencias del entorno (ver también DRAE 3).

En el segundo sentido, la dignidad puede perderse. No así, jamás, en el primero. Es más, quien deja de respetar la dignidad de otra persona en su sentido esencial, sean cuales sean las circunstancias (incluidas éstas), deja a la vez de conducirse dignamente.

Así actúa, por ejemplo, quien usa a los demás, por decirlo en palabras de Kant, «como mero medio». Las personas son «fines en sí mismas», de modo que es una vileza instrumentalizarlas. Como principio práctico de actuación, el imperativo categórico queda enunciado así: «Obra de tal modo que te relaciones con la humanidad, tanto en tu persona como en la de cualquier otro, siempre como un fin, y nunca sólo como un medio» (Kant, Fundamentación de la metafísica de las costumbres, Madrid, Espasa Calpe, 1990).

Aproximándonos aún más a las batallas presentes, no viene mal recordar las palabras de un hombre que demostró dignidad a la hora de combatir las suyas. A los ingleses que dominaban la India, les dijo en un momento dado algo que hoy el movimiento 15-M puede y seguramente debe decirles a nuestros actuales opresores (políticos, banqueros, otros magnates...): «No somos nosotros los que debemos hacer lo que queréis, sino vosotros lo que nosotros queremos» (Hind Swarâj, cit. en Suzanne Lassier, Gandhi y la no-violencia, Madrid, Paulinas, 1978). Palabras que por sí solas reflejan dignidad práctica. La hace más explícita el libertador hindú cuando afirma: «Desde que un hombre comprende que es contrario a su dignidad el obedecer a los injustos, ninguna tiranía puede esclavizarle» (ibíd.).

Es interesante que ahí pone Gandhi el énfasis en la comprensión más que en la acción misma. De hecho, acotamos nosotros, la sabiduría puede a veces aconsejar obedecer libremente a los injustos si con ello tenemos en mente un triunfo aún más importante. Algo que estaría en consonancia con las recomendaciones de Jesús de Nazaret, una de las mayores fuentes de inspiración del propio Gandhi (ver Mateo 5: 38-48). Y con otras frases del Mahatma, quien sólo podía concebir la desobediencia civil como una «exigencia perentoria del amor», añadiendo que, «separada de un programa constructivo», esa modalidad de lucha «se convierte en un método violento» Satyâgraha, cit. en ibíd.).


La dignidad del 15-M

En el contexto que nos ocupa, el del movimiento español por la dignidad, sobra decir que este valor es importante. No está de más, sin embargo, concretar cómo entendemos que debería ser su aplicación práctica. Esto es necesario, entre otras razones, porque luchar por algo no implica siempre conducirse de acuerdo con ese algo.

El proceder digno pasa por no dejarse engañar. Atención, pues, a los cantos de sirena. No olvidemos tratar de contemplar siempre el "cuadro" completo; o, lo que es lo mismo, ver las cosas con suficiente perspectiva.

Rubalcaba, que ha sido destacadísimo miembro de un gobierno cercenador de derechos sociales, no puede venir ahora prometiendo que dará un giro en la línea del 15-M. El mero hecho de que lo haga delata su impostura (el colmo es que su móvil sea buscar votos). Recuérdese que es el mismo personaje que, durante la ominosa etapa felipista, favoreció la impunidad del terrorismo de estado como portavoz del gobierno. El mismo que, ya en su etapa zapateril, dio pasos firmes hacia el estado policial ("Identifícate"), militarizó brutalmente a los controladores aéreos y participó en un gobierno entregado a los caprichos de "los mercados". La mejor contribución al 15-M que podría hacer Rubalcaba sería simple y llanamente marcharse. Pero, cuidado, que no son menos graves las acusaciones que pueden hacerse a los dirigentes del PP.

La dignidad del 15-M requiere, pues, no dejarse embaucar por los politicastros de siempre, sean del ala que sean del monopartido imperante. Tampoco, por los periodistas sistémicos que trabajan en simbiosis con aquéllos, especialmente los "progresistas", empeñados en reducir el movimiento indignado a un mero lavado de cara del Sistema.

La dignidad requiere también denunciar, sin complejos, las guerras de agresión, en dos de las cuales (contra los pueblos afgano y libio) participa España, sin olvidar las ventas de armas de nuestro gobierno a numerosos países, incluido el estado de "Israel". ¿De qué revolución hablamos si no comprendemos que la guerra imperialista es una cara más, y no la menos siniestra, del programa de dominación económico-financiero-comercial –también política– por parte de la Élite global? ¿Vamos a protestar contra el desempleo y el desahucio de residentes en España mientras callamos ante las masacres de la OTAN y su aliado sionista en otros lugares? "Revolución española", llaman algunos al 15-M, pero, ¿se puede olvidar la responsabilidad de nuestro país, más o menos directa según los casos, en esos actos genocidas? No, desde luego, si queremos ser plenamente coherentes con aquello por lo que luchamos: la dignidad humana.

Porque, recordémoslo, mal podremos cambiar el mundo, nuestro país o lo que sea si primero no cambiamos nosotros mismos en el sentido idóneo. Creciendo como personas.

Pero la dignidad no lo es todo, al menos no de manera evidente. Por ello, a continuación abordaremos otros elementos que completan la tríada ética del 15-M y que no son menos necesarios: la fraternidad y la ejemplaridad.


O como hermanos, o como idiotas

«Hemos aprendido a volar como los pájaros, a nadar como los peces; pero no hemos aprendido el sencillo arte de vivir como hermanos.»
(Martin Luther King)


Algunos confunden fraternidad con ñoñez. Piensan que abogar por tratarnos como hermanos no es propio de gente seria, realista y práctica. Tienden a ver en ello un enfoque sentimental, incluso sensiblero. Desconocen la imperiosa necesidad, basada en su eficacia, del valor que nos ocupa. No entienden que los humanos, sin sentirnos fraternalmente unidos, estamos condenados a disgregarnos, a dispersarnos y a enfrentarnos. Justo lo que busca el Sistema, especialista en debilitar al pueblo promoviendo el individualismo insolidario, el aislacionismo y la guerra social ("izquierda" vs. "derecha", autóctonos contra inmigrantes...).

Martin Luther King (MLK) sí comprendía cuánto necesitamos la fraternidad: «O aprendemos a vivir como hermanos, o moriremos como idiotas.» No parece la frase de ningún ñoño (como su vida, caracterizada por el valor y la fe). Somos seres carentes, vivimos bajo múltiples amenazas... y estamos en un mismo barco. Nos irá mucho mejor si remamos juntos, si juntos achicamos agua cuando la nave se inunda, y si vemos en el de al lado, y en el de la otra punta, a un hermano.

Ciertamente, el estrecho parentesco carnal que evoca la fraternidad no implica siempre afinidad ni buenas relaciones. Es ése un símil insuficiente. Los llamados "lazos fraternales", de hecho, no son innatos ni fruto de mudables sentimientos. Se fundan más bien en el respeto a la dignidad humana, en la consideración de que el otro es tan fin en sí mismo como uno: no menos persona, no menos yo.

Pero la fraternidad va más allá del respeto a la dignidad. Es una oferta de amistad sin distingos. Da igual que el otro ya sea amigo que adversario (incluso opresor). Consiste en verle como víctima, igual que yo, de sus limitaciones de cualquier tipo. Implica una empatía ilimitada, que no debe confundirse con aprobación incondicional ni con defensa de la impunidad. Su sinónimo más cercano es sencillamente amor, pero privando al término de connotaciones sentimentalonas o vanamente románticas.


¿Fraternidad del 15-M?

Se han podido ver destellos fraternales en el todavía muy joven movimiento español por la dignidad. La radical igualdad asamblearia, el respeto al uso de la palabra por cualquiera en sus ágoras, la defensa del diferente ("todos somos hermanos, nadie es ilegal"), las acciones contra los desahucios. En el antipaternalismo del 15-M, en la renuncia al afán de protagonismo por parte de sus portavoces –que siguen siendo anónimos–, en la defensa de los derechos comunes a todos, cabe apreciar una cierta vocación de fraternidad.

Pero, hasta donde nos es dado saber, muy limitada. Apenas pasa del igualitarismo expreso, de las proclamas y de la solidaridad, todo ello hermoso y útil, pero insuficiente. En concreto, el impulso solidario –por definición– se queda en lo circunstancial, refleja un "Hoy por ti, mañana por mí", no llega ni a la compasión bien entendida, mucho menos a la hermandad de espíritu. Y, lo que es mucho peor, hasta en el seno del movimiento, de sus movilizaciones, hemos podido presenciar tensiones debidas a que en algún caso ni siquiera se respetaron derechos elementales (como cuando durante la marcha del 19 de junio en Madrid se molestó repetidamente a un manifestante que portaba una bandera constitucional española, pese a que insistía en sus razones –nada provocadoras– para llevarla). O a que se profieren insultos y descalificaciones gratuitas a las fuerzas de orden público. Por no hablar de los esporádicos brotes violentos, que ciertamente no definen al movimiento sino que delatan la presencia de infiltrados.

El salto hacia una fraternidad irrestricta debiera caer de su peso: es justamente la ausencia de espíritu fraternal en los amos del Sistema lo que se está denunciando. La antifraternidad de los que le chupan la sangre al pueblo, de quienes con sus hechos se niegan a sí mismos la condición, no ya de hermanos, sino de humanos (condición que, no obstante, es nuestro deber moral seguir reconociéndoles). La soberbia de los que anteponen su afán de lucro y de poder a los derechos humanos. El supremacismo de esos ricachos que siempre ganan y quieren seguir ganando siempre, aunque ahora se hagan los generosos al tiempo que sus directivos se suben el sueldo un 24%. El despiadado hegemonismo de los que se inventan guerras, a la postre hiperreales, para satisfacer su infinita codicia de dinero y poder.

Es desearse y sentirse superiores lo que lleva a esos humanos, no menos mortales que nosotros, a practicar semejante barbarie. Pero no es sólo ver su yo por encima del nuestro, sino además engordarlo a costa nuestra, negándonos el derecho a vivir en paz, o simplemente a vivir. No dejan de ser nuestros hermanos, pero se conducen como demonios.

¿Seremos, a la postre, como ellos? ¿Imitaremos las conductas que en ellos reprobamos? ¿Practicaremos una fraternidad sólo selectiva, aun a riesgo de caer en la trampa de la "rivalidad mimética", como llama René Girard al enfrentamiento que acaba asemejándonos a nuestros adversarios? Por ese camino, el 15-M desembocaría en un fiasco no muy diferente del "Terror" de la Revolución Francesa, que proclamaba entre sus consignas la fraternidad mientras en sus guillotinas apenas se secaba la sangre.

El espíritu fraternal es, en todo caso, un medio indispensable para el éxito de la lucha del 15-M por una sociedad más justa. Incluso, bien mirado, es una meta aún más importante que los objetivos concretos del movimiento. Aunque éstos no se lograran a corto o medio plazo, si los "indignados" devinieran realmente fraternales habrían conseguido algo todavía mucho más valioso.


¿Ejemplaridad del 15-M?

El movimiento español por la dignidad viene sin duda mostrando rasgos ejemplares. Ha movilizado de la noche a la mañana, casi "de la nada", a cientos de miles de personas. Despertando y concienciando a muchos, promoviendo la justicia; luchando con pasión, pero haciéndolo en general de manera pacífica. Dejando, incluso, en un segundo plano necias querellas menores –como las de los nacionalismos periféricos– en beneficio de una común disposición por salvaguardar la soberanía popular en todo el territorio español (algo evidenciado "gráficamente" en las recientes marchas que, procedentes de toda España, confluyeron en la capital). Un bagaje que, a dos meses y medio de su nacimiento, ya ha tenido algún impacto en los responsables del Poder (lo demuestra la acogida, aunque sea a regañadientes, de ciertas iniciativas suyas: promesas de reformar el sistema electoral, exigencia a la banca para que comparta esfuerzos, eliminación de algunas prebendas de los políticos, moratorias hipotecarias...).

Pero no mucho más. El Sistema aún no tiembla. Apenas se le ha rozado. Y otras actitudes, menos positivas, no contribuyen precisamente a conmover sus cimientos. Ya hemos mencionado antes algunas pero añádanse espectáculos innecesarios como el exhibicionismo de cuerpos desnudos el pasado domingo en Madrid, ante el Ministerio de Sanidad y el Banco de España (¿alguien podrá explicarnos qué utilidad tiene la ofensa al pudor de las almas sensibles?). O el pestilente olor a (ilegal) hachís que, por momentos, surca las asambleas y las manifestaciones. O, digámoslo con la misma claridad, la falta de respeto a los demás que muestran quienes fuman tabaco en medio de esas aglomeraciones humanas. Eslóganes como "Queremos un pisito como el del principito" tendrán su gracia, pero quizá también reflejan envidia social. Si un día el movimiento llega a ser fuerte de verdad, cabe preguntarse cómo se conducirá de no haber corregido antes aspectos como ésos. ¿No acabará dando rienda suelta a la necia prepotencia que es propia de la ebriedad colectiva?

Con todo, esos detalles no son lo peor, son más bien sus síntomas. El egoísmo es más profundo. El grueso de culpa en la presente crisis económico-financiera ya sabemos quién lo tiene, pero no se olvide que millones de ciudadanos participaron también estos años de la fiebre especulativa. Una actitud miope, cuando no miserable. Como la de quienes se quejan ahora, y en gran parte con razón, de la "Ley Sinde" (el 15-M tiene entre sus motores originarios a la corriente NoLesVotes, nacida contra aquélla). Una ley impuesta por el Imperio con propósitos muchos más aviesos (aún) que los que suelen notarse. Pero que encuentra un buen grado de justificación en los altísimos niveles de piratería típicos de nuestro país.

Son ejemplos de cómo una visión alicorta y autocomplaciente en las masas acaba provocando o facilitando el desastre. Y no está claro que se haya aprendido la lección. Delatando, además, una seria falta de fraternidad. El que especula con una vivienda también contribuye a la burbuja y a su ulterior reventón, dañando así al conjunto de la sociedad. Quien piratea está violando derechos de autor que pertenecen a hermanos suyos, además de facilitar excusas para el recorte de libertades en la Red. He aquí actitudes que no parecen superadas, ni siquiera ampliamente reconocidas en el seno del movimiento 15-M. Y que remiten a un egoísmo ancestralmente arraigado.

Lo decía ya hace décadas Ralph Abernathy, compañero y sucesor de MLK: «La verdad del problema es que estamos enfermos. Nuestro pueblo [los negros] sufre una enfermedad contagiosa creada por la sociedad capitalista del hombre blanco. Es triste reconocerlo y confesarlo: disponemos de la vacuna, tenemos la medicina para curar la enfermedad, pero no tenemos el amor necesario para aplicar este medicamento al enfermo» (cit. en Joan Llarch, Martin Luther King, Barcelona, Juventud, 1970). Lo decía también el propio King, cuando afirmaba que buena parte de sus conciudadanos estaban «enfermos de riqueza». Una etiqueta que, como las sabias palabras de Abernathy, no parece menos aplicable a la mayoría de los españoles actuales, incluidos muchos no tan ricos y desde luego igualmente reacios a cambiar su estilo de vida.

Pero mal podemos condenar unas conductas basadas en el más grosero materialismo si nosotros mismos somos incapaces de sacudírnoslo.


Conclusión

El 15-M necesita la (auto)crítica constructiva, imprescindible para conservarse vivo, fresco y audaz. Sólo a través de ella y de la lucha responsable podrá depurarse para ser realmente útil. No conseguirá más que éxitos engañosos si no se desmarca radicalmente del espíritu y la filosofía, antifraternales, que caracterizan a los políticos, usureros y belicistas que nos gobiernan (y a los que inspiran sus pasos por detrás de bastidores).

No hay futuro sin dignidad, fraternidad y ejemplaridad.

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